“El ángel en la epidemia de sida”: la mujer que acogió como si fueran sus hijos a decenas de gays moribundos que fueron repudiados por sus familias

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Ruth Coker Burks vivió un cambio dramático en la dirección de su vida en 1986.

Era el momento en que la epidemia de VIH/sida estaba en pleno apogeo en el mundo, pero Burks no era realmente consciente de ello.

Tenía 26 años y trabajaba como agente inmobiliaria.

“Estaba vendiendo tiempos compartidos y ganaba mucho dinero. Estaba criando a mi hija. Me había divorciado de su papá. Ya sabes, estaba haciendo lo mejor que podía y pensé que teníamos una buena vida”, recuerda.

Vivía en Hot Springs, en Arkansas (EE.UU.), un lugar “muy hermoso”.

“Pero ante todo, es una ciudad muy conservadora, muy sureña. Todos se fijan en todos y te harán saber si estás haciendo algo que consideren inapropiado”.

Por ese entonces, una amiga de Burks trabajaba de enfermera en un hospital local. La visitaba frecuentemente y así se hizo amiga del resto de las enfermeras.

“Las conocía desde hacía 5 años. Comíamos galletas que yo horneaba… eran tan amables”, recuerda.

Fue en ese hospital donde ocurrió algo que transformaría el futuro de Burks.

“Ayuda, ayuda…”

Estaba ahí, charlando con las enfermeras cuando algo le llamó la atención: “Al final del pasillo había una puerta y una gran bolsa roja que parecía de riesgo biológico”.

Intrigada, Burks caminó por el pasillo y, cuando llegó a la puerta, se quedó bastante desconcertada.

En el suelo, junto a las señales de peligro biológico, había media docena de bandejas de comida intactas, todas apiladas. Nadie había entrado por esa puerta para entregárselas al paciente desde hacía un par de días.

“Fue absolutamente increíble. Las enfermeras que yo había llegado a querer tanto estaban sorteando quién entraría y chequearía a un paciente. Se reían”.

“Luego se iban a sus otros asuntos como si nunca hubieran decidido quién lo haría o como si no hubiera un paciente ahí”, recuerda.

Burks entonces se acercó a la puerta y escuchó susurros muy débiles del otro lado “Ayuda, ayuda…”.

“¿Y cómo no entrar por una puerta tras la que alguien pide ayuda? ¿No entras a ayudarles?”, se pregunta.

El “cáncer gay”

Al pasar por la puerta vio a Jimmy, un joven en una condición muy frágil, “muy cerca de la muerte”, recuerda.

“Dijo que quería a su madre ahí. Y yo dije ‘iré y llamaré a tu madre por ti’”.

Se dirigió entonces a donde estaban las enfermeras, “muy orgullosa de mí misma”, dice, a explicarles que el hombre quería ver a su madre, que la llamaran.

“Y se voltearon todas a la vez… y me dijeron ‘cariño, su mamá no vendrá’”.

Le explicaron que el joven llevaba ahí seis semanas, que nadie iría a verlo y que era mejor que no entrara a esa habitación. “Porque él lo tiene”, le dijeron.

“Tiene el cáncer gay”.

Así llamaban al VIH/sida. Era a mediados de la década de 1980 y la epidemia empeoraba año tras año. No había un tratamiento eficaz, pero sí mucho miedo y homofobia.

“Insistí en pedirles el número telefónico de su madre y, de mala gana, me lo arrojaron. Tomé su teléfono y me lo quitaron. Dijeron que el teléfono público estaba al final del pasillo”, explica Burks.

“No podía creerlo. Pero fui y llamé a su madre y ella dijo ‘no tengo ningún hijo’ y me colgó”.

“Volví a llamarle y le dije que si me colgaba una vez más, pondría el obituario de su hijo en el periódico de su ciudad natal y la causa de su muerte. Así que tuve toda su atención en ese momento y ella me dijo ‘mi hijo murió hace años cuando se volvió gay’”.

Burks no sabía qué decirle al joven. Entró de nuevo a la habitación, tomó su mano y Jimmy la sujetó del brazo y la comenzó a acariciar.

La miro y le dijo “Oh, mamá, sabía que vendrías”.

Fue un momento durísimo para Burks: “Probablemente él había perdido la capacidad de llorar hacía semanas, pero nadie había limpiado sus lágrimas y todavía tenía manchas en la cara de la última vez que pudo llorar. Y debieron haber sido muchas lágrimas”.

La mujer ni siquiera pudo inventar algo, como que su madre no estaba en casa y la llamaría después. En lugar de eso, tomó una toalla, agua y jabón, y limpió el cuerpo del joven.

“Le cantaba canciones de cuna”, recuerda.

Jimmy murió 13 horas después, acompañado por Burks en la habitación.

Ver más en BBC

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