Corrupción y discurso

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Al Presidente se le vienen agolpando declaraciones sobre la corrupción que en algunos casos sólo tienen valor en el discurso.

Las muchas denuncias que hace en las mañaneras se han venido convirtiendo más en anécdotas y discursos políticos para fustigar el pasado, que en hechos que pudieran ratificarse ante las autoridades.

El peso y valor que adquiere la palabra del Presidente da espacio a que todo lo que diga sea visto como cierto o “verdad”. Señalar al pasado como eje de la corrupción tiene su razón de ser y sigue adquiriendo obvias razones y efectos, porque el presente está marcado por ese pasado al que no se le deben escatimar sus virtudes.

La clase política ha tenido como mecanismo de interacción, particularmente con los empresarios, a la corrupción y la complicidad como mecanismos para la gobernabilidad.

El Presidente nos lo recuerda sistemáticamente; sin embargo, va a enfrentar la riesgosa disyuntiva de que su discurso sobre la corrupción sea confrontado con los hechos.

Un gran problema que viene enfrentando que evade o no se ha podido sacudir es que al interior del Gobierno hay indicios de que se están tomando decisiones, que en la prisa por acelerar los cambios en el país, pasan por alto lo que al Presidente no le gusta, las llamadas formalidades que no son otra cosa que seguir requisitos, normas y, sobre todo, apegarse al Estado de derecho.

El texto de la renuncia de Jaime Cárdenas Gracia muestra los intríngulis de un Gobierno que pretende el cambio, pero que a veces no repara en el valor y fundamento que tienen los instrumentos para llevarlos a cabo.

Un caso que puede ejemplificar lo que se está viviendo se encuentra en los fideicomisos. López Obrador ha arremetido en innumerables ocasiones en contra de ellos y palabras más, palabras menos, señala que hay corrupción, que no llegan a quien debe llegar y no terminan por mostrar su efectividad.

Asegura que son instrumentos de corrupción, pero no ha presentado una sola prueba que pueda indicar que efectivamente debe ser cuestionada su utilidad y aplicación. Se ha reiterado que los fideicomisos se manejan a través de mecanismos de transparencia, que en caso de que no se cumplan, inmediatamente son retirados; sin embargo, también se identifican irregularidades que debieran ser subsanadas más que pensar en desaparecerlos.

El Presidente lo que quiere es dinero para la instrumentación de sus programas, muchos de ellos, hay que reconocerlo, son de enorme relevancia para el país.

Lo paradójico y contradictorio en el caso de los fideicomisos es que personajes de su equipo y de la bancada de su partido hace pocos meses los ponderaron en medio del llamado Parlamento Abierto. Escucharon a actores de la vida cultural, científica, artística, académica, deportiva, y defensores de derechos humanos, para conocer las entrañas, importancia y operatividad de los fideicomisos.

En las reuniones hubo más reconocimiento que crítica y les aseguraron que son claves para el desarrollo del país y que continuarían.

Independientemente del desenlace, el cual está en curso, tres elementos resultan claves en todo esto. Si se va a retirar el apoyo qué va a suceder, qué va a pasar con estas áreas fundamentales para la transformación del país, sin ciencia no hay futuro.

Lo segundo tiene que ver con el apuro bajo el cual el Gobierno está sacando dinero de todas partes. Empieza a hacerlo sin criterio alguno y las consecuencias se nos vendrán encima.

Y tercero, el Presidente tiene por obligación denunciar los presuntos hechos de corrupción ante las autoridades, y no hacerlo sólo un discurso político, el cual ya corre el riesgo de irse diluyendo y convertirse en anticlimático.

RESQUICIOS

Las huestes del Presidente anuncian una movilización para el 24 de octubre en donde aseguran que juntarán a 1 millón de personas. Se trata de defender la plaza, mostrar músculo, prepararse para las elecciones y en el camino, mandar uno que otro mensaje; ya veremos si sobrevive Frena.


Javier Solórzano

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