Del bar al aula

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Los bares me gustan mucho. Aun así, hace 17 meses que no voy a uno, como tampoco voy al cine. Apenas si he desayunado solo en un par de terrrazas semi vacías en las últimas semanas. Y evito en lo posible las compras presenciales.

Comprendo, sin embargo, que bares, antros, cines, restaurantes y comercios estén abiertos al público. Porque, a diferencia de mí, la gran mayoría padece pasar la mayor parte del tiempo en casa. Y porque, con lo que ha durado ya la pandemia, no es sostenible obligar a esas industrias a un cierre que las condenaría a una crisis aun mayor que la que viven. Lo que resulta inconcebible es que, mientras todos esos establecimientos operan desde hace meses, las escuelas permanezcan cerradas.

No creo que el aula sea la sede única del aprendizaje. (De hecho, y como Edward Albee, asumo que lo más que puede el entorno escolar es enseñarnos a educarnos solos.) Creo, sin embargo, que el aprendizaje no es ni de lejos su única función. Espacio de convivencia, el aula promueve el desarrollo de habilidades sociales indispensables para los niños entre las que se cuentan el respeto a la diferencia y el trabajo en equipo. Es, además, es en ellas donde establecemos relaciones de mentoraje que hemos de reproducir en uno u otro rol a lo largo de la vida, donde nos hacemos a la amistad, al amor, a la discusión y al debate, a eso que no tiene que pasar por los partidos ni por el ejercicio del poder para llamarse política.

Fotografía: Cuartoscuro

El argumento que el gobierno federal y muchos locales han enarbolado para mantener cerradas las escuelas es la seguridad sanitaria de los niños. Es falaz. Como dijera David Calderón, presidente de la organización Mexicanos Primero, en un reciente foro convocado por la diputada local jalisciense Mara Robles, “un niño está más seguro en la instalación escolar que en su casa. Porque en su casa, en la reunión del domingo, están algunos que no se vacunaron, y están entrando y saliendo, subiendo al transporte público”; en cambio, “en el plantel, con adultos vacunados y con un auténtico protocolo” cabe pensar que la exposición de los niños al contagio resultará incluso menor a la que hoy viven.

Los maestros han recibido ya la vacuna. Quedan pendiente los protocolos, y no se antojan asunto fácil de resolver. El gobierno federal ha publicado ya una Guía de orientación para la reapertura de escuelas ante COVID-19 cuyos contenidos preocupan: ora un anexo con un instructivo para elaborar un cubrebocas casero con tela de algodón –cuando ha sido demostrado que para tener protección genuina ante el virus se precisa de un cubrebocas quirúrgico con tres capas de polímero superpuestas–, ora exhortos bienintencionados a tomar la temperatura de los asistentes antes de su ingreso aunque “donde no sea posible la adquisición de… termómetros, sólo a través de la respuesta negativa a la pregunta sobre fiebre se… dará la entrada”.

Otros países han publicado ya protocolos necesarios para el regreso a las aulas. Si bien algunos serían inconcebibles en países menos prósperos –no se antoja económicamente viable la instalación de monitores de CO2 o de filtros eliminadores de partículas en las escuelas mexicanas– es posible derivar de éstas ciertos mínimos: articulación de modelos mixtos (presenciales y en línea) para evitar aglomeraciones, uso de espacios abiertos –o, de no haberlos, de salones que puedan ofrecer ventilación cruzada–, disponibilidad de instalaciones e insumos para lavarse las manos de manera constante, suministro de cubrebocas a todos los mayores de 5 años, equipamiento mínimo con termómetros digitales y gel antibacterial.

Ni siquiera una guía corregida y ajustada a estándares de buenas prácticas resolvería el problema. Los niños necesitan regresar a las aulas a la brevedad. Para ello, el gobierno debe gastar. No en refinerías fósiles, no en trenes tropicales, no en museos militares, no en estadios de béisbol: en infraestructua escolar. Y, de entrada, en cubrebocas y gel.

Nicolás Alvarado

nicolasalvaradov@gmail.com

Periodista

IG: @nicolasalvaradolector

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