El voto de los santos inocentes

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En la elección presidencial de 1994, tras el alzamiento zapatista y los magnicidios del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruíz Massieu, votaron 77 por ciento de los ciudadanos empadronados.

En 2000, el 64 por ciento participó y decidió la primera alternancia PRI-PAN. En 2006, con todo y drama de .56 de diferencia, la participación llegó a 58.5 por ciento del padrón ciudadano. En 2012 bastó un tercio del 63 por ciento de los que votaron, para que Enrique Peña Nieto gobernara y reformara.

Ésos son los niveles reales de participación ciudadana en México, con miedo o sin él, entrando o abandonando el primer mundo, echando o metiendo víboras y tepocatas a Los Pinos. Y cada seis años nos dicen que ganan las propuestas, los proyectos de nación. Falso.
Cada sexenio se sella y se recuerda por las virtudes y defectos de las personas: Los lamentos y tropelías de José López Portillo; la sobriedad, contraste técnico-económico y moral de Miguel de la Madrid cuando el país estaba quebrado; la alternancia dilapidada junto con los petrodólares de Vicente Fox; la guerra contra el crimen y contra ya saben quién de Felipe Calderón.

Excepciones para la supremacía de personalidad sobre programas; los dos periodos de mayores reformas estructurales en México, el de Carlos Salinas de Gortari y el actual sexenio.

Transformaciones no exentas de debate y polémica que realmente han apuntado al país en una determinada dirección, más allá de los seis años de cada gestión. Reconocimiento que no implica aprobación, pero tampoco regatea trascendencia.

Sin embargo, esos cinco, seis, acaso siete de cada diez ciudadanos que sufragan, determinan su voto con reactivos más simples; menos de la mitad de los que van y sufragan lo hacen por convicción ideológica, de partido, de membrete, el resto se define por emociones.

Por esas pulsaciones emotivas funcionó el “peligro para México”, el “cambio con rumbo”, no sirvió ofrecer “un gobierno diferente” cuando se venía del mismo partido.

Y es que el elector mexicano reacciona a estímulos simples, los enunciados generalistas dan réditos: Honestidad. Progreso. Felicidad. Prosperidad. Ni AMLO, ni Anaya entran a detalle cuando de explicar becas y rentas se trata, minimizan lo complejo: “ahorrando”, “no robando”, “bajando salarios y pensiones”.

Prometer el beneficio individual primero, el colectivo como consecuencia del primero, se escucha feo, pero es cierto. Más allá de grandes enunciados en pequeñas redes antisociales, el electorado continúa comprando ilusiones.

Cada seis años las mismas dosis de esperanza, no importa cuánto se mueva la base demográfica, si la televisión domina mentes o la Internet controla pensamientos, si los militares apoyaban ayer a Calderón y mañana a otro, los mitos andan de fiesta.

Promesas dignas de un día como hoy. Inocentes palomitas que nos dejamos engañar, sabiendo que en estas fechas, en nadie debemos confiar.

 

Carlos Urdiales

 

 

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