Las fronteras de la muerte: “encontramos otro paisano muerto”

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Me encontraba en la oficina del Cónsul de México en Yuma, Arizona, un pequeño pueblo fronterizo entre México y los Estados Unidos que se ha convertido en el principal punto de cruce ilegal de personas y droga, cuando una llamada del sheriff le cambió el estado de ánimo: “Han encontrado otro cadáver en el desierto, al parecer es de un paisano”, expresó con tristeza mientras giraba instrucciones al personal para visitar el forense e identificar el cuerpo.

El año pasado, según datos de las Naciones Unidas, murieron 417 personas en su intento de cruzar a pie el desierto que divide México y Estados Unidos; la mayor parte de estas muertes fueron por deshidratación y golpes de calor.

Los migrantes que intentan llegar a los Estados Unidos escogen esa ruta porque es la menos vigilada pero también la más peligrosa, las autoridades estadounidenses lo saben y por eso han empujado la migración al desierto. Fue Bill Clinton quien aprobó la “Operación Guardian” que reforzaba la vigilancia en los pasos tradicionales como Tijuana y Mexicali, obligando a los migrantes a tomar nuevas rutas por el desierto, debido a esto, la geografía de la migración cambió y la cantidad de muertos ha ido en aumento.

Algunas organizaciones civiles como los “Ángeles de la Frontera” se han dedicado a distribuir agua y alimentos por las rutas utilizadas por migrantes, pero otras organizaciones nacionalistas como los llamados “Minuteman” destruyen los víveres y reportan a la patrulla fronteriza cuando encuentran personas que han cruzado ilegalmente.

TIJUANA, BAJA CALIFORNIA, 29ABRIL2018.- Centroamericanos de la “Caravana Migrante” se reúnen en el muro fronterizo, antes de alistarse para solicitar asilo humanitario en los Estados Unidos, en la garita de El Chaparral. Familias enteras provenientes de Nicaragua, Honduras y El Salvador, salieron de sus países a causa de la violencia en la que viven.
FOTO: OMAR MARTÍNEZ /CUARTOSCURO.COM

Desafortunadamente, muchas veces los “coyotes” trabajan de acuerdo con los carteles y así obligan a los migrantes a cargar droga en sus espaldas y servir de “burros” para burlar la estricta vigilancia fronteriza y alcanzar sus mercados en Estados Unidos, pretexto que Trump ha retomado para calificar a todos los inmigrantes como “criminales peligrosos” y atizar el estado de ánimo en su contra.

No sólo en nuestra frontera fallecen migrantes, al otro lado del mundo mueren no por el abrazador calor del desierto, sino ahogados en el mar. Los datos de la Organización Internacional de las Migraciones (OMI) son escalofriantes: en su intento en llegar a Europa, 851 personas han perdido la vida en lo que va de este 2018, con un incremento del 28% respecto a las cifras del año pasado.

La mayoría de los muertos son africanos subsaharianos, que subieron a frágiles barcazas y que trataron de cruzar el mediterráneo en busca del sueño europeo: vivir en países ricos como Inglaterra, Alemania, Francia o Italia, aunque la Comunidad Europea paga a los países menos desarrollados como España y Grecia para que sirvan de países dique y contengan “la invasión”.

Con el endurecimiento de las políticas migratorias de las potencias, los países emergentes tradicionalmente “de paso” ahora se están convirtiendo en destino de migrantes, así México ha recibido a miles de hondureños, salvadoreños, haitianos y venezolanos, que, si bien en un principio querían ir a los Estados Unidos, se han quedado a vivir y han echado raíces, en España y Grecia se han quedado los migrantes de África y en Jordania los sirios e iraquíes. La migración otra vez está cambiándole el rostro al mundo.

¿Qué hacer con los migrantes? La respuesta no es sencilla y nadie tiene la solución mágica, lo único cierto es que las grandes oleadas migratorias apenas han comenzado y en un mundo interconectado, la movilidad humana es más fácil que en cualquier otra etapa histórica de la humanidad, es de prever que surgirán graves conflictos, que los nacionalismos resurgirán con fuerza y que existirán enfrentamientos violentos entre los habitantes de un lugar y los recién llegados.

Queda a las personas de buena voluntad el apoyar con los recursos básicos como comida y ropa, pero sobre todo en apoyar propuestas que resuelvan el problema a mediano y largo plazo, como la creación de fuentes de trabajo y de políticas públicas que terminen con la discriminación y la xenofobia, que privilegien la integración y el mutuo desarrollo.

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