Loret: deshonrar al diablo

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Carlos Loret de Mola es el periodista del sexenio. Podemos otorgarle ese título con plena objetividad más allá de estilos, ideales y estéticas, si nos atenemos a la máxima de Walter Lippmann: la mayor tarea del periodista es decir la verdad y deshonrar al diablo. En otros sexenios fueron otros, que también pueden o no gustar, cuyo trabajo les dio ese distintivo. Porque en la metáfora, el diablo es el poder; y no hay sexenio reciente en el que el diablo haya sido tan vil.

Loret ha cumplido esa encomienda. Es quien ha revelado los escándalos graves: los dineros de Pío, los contratos de Felipa, las casas de Irma Eréndira y de Bartlett, los privilegios de Epigmenio. Ha exhibido a este régimen como uno de mentiras, nepotismo y corrupción, pegándole dónde más le duele: su autoproclamada superioridad moral. Sus reportajes e investigaciones han trascendido y permanecido en la agenda en estos tiempos hologramáticos en los que casi todo pasa y se pierde, y en los que casi nadie tiene memoria. El régimen obradorista ha podido sacudirse la mayoría de los escándalos porque produce cinco al día, un blitzkrieg incesante de obscenidades y disparates imposible de cubrir. Loret ha dado tiros de precisión asegurando su permanencia en la conversación pública. Su portal, Latinus, es la principal trinchera periodística hoy.

El régimen a su vez ha quedado visiblemente descolocado. No ha podido desmentir sus investigaciones y ha activado el resorte más autoritario en su contra: sirviéndose de sus esbirros, ha enfocado todas las baterías para desacreditar su pasado, sus fuentes, sus motivaciones, su financiamiento, su veracidad. Las injurias desde luego alcanzan a sus colaboradores, como las ridículas imputaciones por violencia de género contra Brozo. La intención de la cargada es clara.

Pero hay algo más visceral. El desprecio del obradorismo contra Loret viene de antaño y se ha atizado con su llegada al poder. Un desprecio que se deja ver en cualquier clavado hemerográfico a los cartones de sus moneros-propagandistas, en los que Loret es el niño bobo, hijo de Jacobo. Siempre le pusieron esa estampa por trabajar en Televisa, aunque en la praxis el obradorismo añore más los tiempos de Jacobo que cualquier gobierno de la transición. En esa caricatura de Loret se esconde uno de los peores trastornos tanto del periodismo chairil mexicano como del latinoamericano (sospecho que por la influencia de García Márquez): considerarlo un arte pro bono. El periodista debe ser pobretón, anticapitalista, arielista, antiyanki, con ínfulas literarias, revolucionario. No es fortuito que el arquetipo de Loret se les cruce. Pero justamente ahí está la ironía: que ese periodista que tanto desprecian no se alineó… y ellos sí.

Pablo Majluf

pamajluf@gmail.com

Periodista.

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