Lozoya y la caja de Pandora

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La captura de Emilio Lozoya en España, abre una ventana de incertidumbre para el expresidente Enrique Peña Nieto y para su grupo más cercano.

Lozoya había sido expulsado de la corte presidencial desde que iniciaron las indagatorias en su contra en 2017, y aún antes, cuando se tuvieron indicios de que recibió sobornos de la empresa Odebrecht por 10 millones de dólares, pero los trámites de extradición y el proceso en nuestro país escalarán una agenda que a estas alturas es de consecuencias impredecibles.

Esto es así, porque Lozoya es una pieza de caza mayor y puede resultar de utilidad en la construcción de una narrativa sobre el pasado réprobo.

La estrella de quien fungió como coordinador de asuntos internacionales de la campaña presidencial del PRI en 2012, estaba apagada desde hacía tiempo, pero el nivel de información con que contaba (y cuenta) lo protegía. Esa es su fuerza, pero puede ser también su desgracia.

Dirigió a Pemex desde el inicio de la administración en 2012 (diciembre) y hasta el 2016 cuando las diferencias con otros personajes del gabinete y los escándalos que ya lo rodeaban hicieron imposible su permanencia.

Cuando Lozoya emprendió la fuga, una de las preguntas centrales, en la clase política, era si hablaría en su momento. Lo hizo a medias, a través de sus abogados, dejando el mensaje de que se sentía solo y traicionado.

Por el momento es difícil tener claridad del tamaño de sus cómplices y de las redes que estableció, pero es seguro que ocurrirán revelaciones importantes y que será uno de los detenidos más relevantes de la 4T.

A diferencia de Rosario Robles, la política de más alto nivel del peñismo que se encuentra sujeta a proceso, quien no ha cejado de insistir en su inocencia y la que inclusive enfrenta una prisión preventiva injusta, Lozoya por lo que se sabe no parece dispuesto a pagar con los platos rotos en soledad.

En el fondo, es la punta de un iceberg profundo que muestra el tamaño de las rupturas dentro la élite gobernante en el pasado, pero también de la extensión y densidad de la corrupción.

Es un nuevo golpe al maltrecho PRI, que en un intento de control de daños dejó en claro que Lozoya nunca militó en su partido, aunque los haya acompañado en amplios trechos del pasado.

Es lo de menos, la sanción social no requiere de documentos de afiliación, sino de la constatación de la pertenencia, del dibujo de lo que fue un grupo que se creyó llamado a mover a México y que ahora está inmóvil ante el pasmo de sus derrotas y de los expedientes que, a pesar de los pactos, se irán abriendo.

Lozoya vendrá a México, tarde o temprano, y entonces sabremos de la fuerza de las cajas de Pandora que lo acompañan.

Julian Andrade

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