¿Quién habla al oído de López Obrador?

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A pesar de que presume de ser un gobernante muy bien informado, muchas de las decisiones que ha tomado reflejan que López Obrador se mueve más por lo que cree que debe ser que por datos concretos que le muestren qué camino tomar. Los pleitos que ha comprado con la prensa o con sectores empresariales también demuestran que sus consejeros no lo guían como debe ser, por eso es relevante que nos preguntemos quién le habla al oído al presidente.

Consejos pedidos, ¿o no?

Un presidente no necesariamente debe ser un especialista en todos los temas que competen a su administración. Es por eso que en las tareas de gobierno existen los puestos de asesores, quienes están encargados de proporcionar la información necesaria y las recomendaciones para la toma de decisiones.

Cuartoscuro

Cada secretaría de Estado también debe proporcionar estos elementos al ser encabezada –al menos en teoría– por un especialista que puede apoyarse en otros para un mejor desempeño y diseño de las políticas públicas.

Que en sexenios pasados se haya abusado de los puestos de asesores y colocado ahí a familiares o amigos, no elimina la necesidad de que los titulares de dependencias oficiales cuenten con la información necesaria para la toma de decisiones.

En el actual periodo presidencial de López Obrador, llama la atención la manera en que anuncia sus decisiones –muchas de las cuales no eran compartidas por los responsables de ejecutarlas, como se ha publicado en numerosas ocasiones–, o como ofrece sus “otros datos” con los que busca rebatir a medios o críticos.

Que, según López Obrador, ahora se maten dos reses en lugar de una en algunas rancherías no puede ser tomado en serio como sinónimo de una mejora en la economía de las personas, lo que nos lleva a preguntarnos quién le recomienda decir tales cosas o darle ese enfoque a la información para contrarrestar las críticas que su administración está recibiendo.

Es decir, quién le habla al oído a López Obrador y a quién le hace caso el presidente.

Varios son los grupos que rodean al mandatario. Uno es el de expriistas que, como él mismo, comprenden la política a partir de las enseñanzas que tuvieron en su ex partido: el fin por encima de los medios.

Otro es que lo acompaña desde su paso por el PRD. Algunos como Pablo Gómez, han tenido que modificar sus ideales y conductas para permanecer cerca del líder, a pesar de las contradicciones en las que caen. Se trata del sector que podría darle un tinte de socialdemocracia a la actual administración federal, pero cargan con el desprestigio de venir de un partido repudiado por el lopezobradorismo.

Hay otro más que se ha sumado desde que fue jefe de gobierno en la Ciudad de México: los radicales. Muchos de éstos se identifican con la ultra izquierda y son los que más se empeñan en destruir todo el andamiaje institucional del país, con el fin de imponer los organismos que, de acuerdo al modelo que tienen en mente –llamenle chavismo, castrismo o como gusten–, dará lugar a una nueva utopía política y a pesar de las resistencias de los que consideran enemigos o adversarios.

Luego está en grupo de quienes vienen o del sector privado –como Alfonso Romo–, o del panismo –Germán Martínez, Manuel Espino–, aunque por los resultados que está teniendo este gobierno, es el sector que menos influye en el ánimo presidencial.

Un ejemplo derivado de acontecimientos reciente nos da luz acerca de quienes están más cerca del ánimo presidencial.

La renuncia de Evo Morales a la presidencia de Bolivia provocó distintas reacciones en el ala izquierdista de nuestra política nacional. Desde comparaciones con Angela Merkel, hasta denuncias de un golpe de Estado. López Obrador mantuvo la posición de que se trataba de un golpe de Estado y permitió que iniciativas como las que plantearon legisladores de Morena, en el sentido de que México debía salirse de la OEA, avancen –por cierto, este organismo fue acusado de contribuir al presunto golpe de Estado, aunque ningún militar se haya colocado en el Poder y la convocatoria a nuevas elecciones sea inminente–, lo cual demuestra que es el grupo radical el que habla al oído presidencial y eso representa malas noticias.

Decimos malas noticias porque se trata del grupo que –recordemos a Taibo II y su demanda de “expropialos Andrés Manuel”– busca la confrontación a toda costa a la vez que intenta imponer su modelo de gobierno sin considerar a los demás sectores sociales.

Esto explica la desconfianza de inversionistas nacionales y extranjeros y la lamentable marcha de la economía nacional, así como la manera en que han fracasado otras iniciativas del lopezobradorismo, aunque sus fanáticos digan otra cosa.

Pero también es una mala noticia por tratarse de un sector que grita todos los días y a los cuatro vientos que hay pobreza y desigualdad, culpando al neoliberarlismo por todo esto, pero a la menor provocación acude a la sede del imperio capitalista –Estados Unidos– a gozar de las mieles del mismo –como lo ha demostrado Fernández Noroña en múltiples ocasiones– y que viven con un estilo de vida propio del más acaudalado de los neoliberales –como los empresarios Yeidckol, Ricardo Monreal, Mario Delgado, Jaime Bonilla o Carlos Lomelí–.

También lo sucedido en Bolivia nos demuestra que los gobiernos de izquierda pueden cometer los mismos errores de los que se presentan como de derecha, como el caso chileno, y que esta guerra de etiquetas no es sino simple propaganda que busca tapar el sol con un dedo.

Pero, a pesar de las evidencias, se sigue escuchando a los radicales y Bolivia puede ser un espejo en el que nos miremos muy pronto.

Armando Reyes Vigueras

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