Mi vida en Zoom

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Nací para Facebook el 9 de abril de 2008 a las 6:53 de la tarde.

Escribí “Mi vida en Facebook” para ésta mi revista en 2013 asombrada con esa potente red que siempre me ha parecido una forma de máquina del tiempo, incluso hoy me devuelve recuerdos olvidados, frases y voces de los seres queridos que se han muerto y se me aparecen como fantasmas en este ciberespacio nuestro de cada día. En aquel entonces decía “Soy realmente joven en el ciberespacio, tengo apenas cinco años, cuando mucho quince si contamos mi primera cuenta de correos, pero eso fue en la era digitozóoica antes de tener un muro e imágenes que respalden mi existencia. Mi primer ¿Qué estás pensando? Fue este tierno tecleo: Eso del muro suena solitario, ojalá pronto llenen de mensajes mi blanco muro” (https://www.etcetera.com.mx/revista/mi-vida-en-facebook/).

Ahora, en la era de Zoom tengo 12 ó 27 años según se vea, me salió mi primer tuit hace ya tiempo, indicio claro de adolescencia, y han surgido muchos más desde entonces; he creado mil blogs con la romántica ilusión de que alguien los lea y he llegado madura a la era Zoom.

Zoom

Zoom es una onomatopeya, un sonido que implica cambios veloces; zoom es un movimiento óptico que conduce a un cambio en la mirada. Un efecto que, como dice la leyenda en algunos espejos retrovisores, produce que: “Los objetos se se vean más cerca de lo que realmente aparecen”.

Zoom también ha sido una aplicación tecnológica que me salvó la vida, me acercó a personas que se habían perdido en la distancia, tanto temporal como geográficamente. Zoom también fue una llaga que me mostró el horror de la muerte por esta ventana virtual por la que escribo; también visité museos, acaricié recuerdos he reído mucho y llorado también. Así, todo súbito, en el año de la pandemia: 2020 un momento inédito que nos ha cambiado la vida a todos.

Uso Zoom como genérico, uso Zoom por la popularidad que adquirió este método de citas en pantalla que me procuró continuar con mis clases, permanecer unida a mis hijas y atenta a mi hermano enfermo.

Cada mañana en un nuevo ademán se posiciona la pantalla en un selfie que se presenta al público, perspectiva estratégica, ni tan alto, ni tan bajo, lo justo para que no se vean arrugas o papada, la boca un poco torcida, una mueca de incredulidad para quien se mira pero no se encuentra, un reflejo sin sustancia, una búsqueda incesante donde no rebota ni el eco. El final de la larga e intensa relación que mantuve con mi hermano se cerró de golpe a través de la pantalla seguramente con la mueca que describo.

Una mañana muy reciente, abrí la computadora para dar mi clase, los alumnos presentarían un proyecto para orientarnos a los docentes, cómo podemos dar clases a distancia, cómo entrar a un mundo nuevo sin perder el tacto y el contacto.

Por la pantalla alterna de mi teléfono recibí una videollamada, esta vez por WhatsApp, otra variante de las redes que nos conectan. No quería contestar, era lógico, estaba en clase. Se trataba de la asistente de mi hermano, la llamaría luego, pensé y colgué. Ella insistió; lo hizo tres veces más. No quedaba alternativa se trataba de algo urgente.

Al contestar la videollamada me encontré con la imprudencia, la era del video esconde pero también denuncia, desnuda y se entromete: por la pantalla, el cuerpo muerto de mi hermano se me mostraba, cerquita en un Zoom. La mujer lloraba, gritaba: -¡Señora Regina! El micrófono de mi sesión en Zoom estaba abierto, lo mismo que la imagen. Desconozco hasta hoy qué porción de esa historia se entremezcló en mi clase. Lo cierto es que comencé a gritar y llorar, me caí de la silla o me tiré, no lo sé, por un momento mi cuerpo dejó de ser mío y a través del ciberespacio el títere en que me convertí se retorcía mal manejado, se enredaba entre sus propios hilos. Colgué. Apagué pantalla y cerré con candado el llanto.

La poderosa empatía viajó en fibra óptica hasta que mis alumnos me dijeron que ellos se encargaban, que fuera a donde tuviera que ir y que hiciera lo que tuviera que hacer. La humanidad me llegó completa, sin traducción alguna, un cariño insospechado buscó calmarme.

Nunca antes me había enfrentado ante mi propio silencio, no me podía traducir y acaso era lo que menos importaba porque estaba rebasada por el clamor de muchos yo gritando sin concierto, el último de mis hermanos eligió morir en medio de la pandemia, acompañado por miles de seres infectados sin remedio, aislados, solos, asfixiados. Una idea recurrente regresa a mí, la única, diáfana: los seres humanos no nos estamos escuchando. Tal vez dejamos de hacerlo hace mucho tiempo.

Por una carretera analógica llegué a su casa y me acosté en su cama, fueron dos semanas de navegar sus espacios de descifrar sus secretos y relaciones. Dieciséis días de intuir el peso de su cuerpo. Encontré el rastro de las películas sin concluir, las oraciones cotidianas en espera del milagro, los gritos de auxilio pululando o rebotando como pelotitas de frontón entre todas las paredes de su casa. Los sueños obsesivos como castillos para armar, proyectos inconclusos de piezas faltantes.

No hubo misas y no quise exponerme a mí o a los mío al entierro, sé que él lo hubiera comprendido. Hubo, eso sí muchos Zooms, reuniones de amigos que se hicieron presentes desde su cuadrito doméstico, personas del pasado, de distancias enormes que podían retornar gracias a un vehículo rapidísimo, sin tránsito, sin tapabocas, sin virus y sin abrazos por supuesto, pero llegaban tan rápido por una vía veloz: un apretón de liga (link). Decir que fue frío es un sin sentido, no fue corporal y es lamentable, pero se presentaron y se expresaron quienes en otros momentos no pueden o no les salen las palabras, quienes se visten de negro y se pierden como sombras entre la multitud.

Divorcio Express

Después de 10 años de desidia, me divorcié a Webex, perdón, por webex, la competencia de Zoom. Es increíble pero estar en confinamiento nos puso en la tesitura de poner en orden los cajones. En este país que se enreda en trámites, apenas puedo creer la rapidez y eficiencia con la que pudimos por fin concluir un divorcio que era de facto hacía una década. Me llevó dos citas a distancia y llenar algunos formatos ¿frío? Más bien eficiente. Los afectos, los recuerdos se guardan y el capítulo se cierra con éxito. Dice Sandro Barricó en su imprescindible libro The Game que en esta época a la que le da el nombre de juego, las relaciones no se vislumbran eternas, start ups que dieron como resultado una empresa que tuvo su momento, un episodio más de nuestra larga temporada. Sé que puede sonar impersonal pero no lo es, al fin mi ex y yo somos buenos amigos que hablamos de vez en cuando sin resentimientos como esos personajes invitados de un show a otro.

La otra cara de la moneda es que tras varios años de cohabitar alternativamente en dos casas, mi pareja actual y yo decidimos despejar la ecuación a una sola vivienda y sumlimos el sueño de venir a la playa. Mi oficina es una pantalla así que no hubo mayor problema. La pandemia todo lo precipita, es como si se viviera intensamente con el memento mori que se expresa en cifras cotidianas.

Zoom mi nueva oficina

Odio los extremos, a los pesimistas y los optimistas. Como maestra de forma cotidiana atiendo grupos en Zoom; la resistencia hace que se diga que esta forma de educación es catastrófica. No es así. Esta modalidad para alumnos universitarios tiene muchas ventajas, siempre y cuando se entienda que la dinámica es diferente, no se trata de un salón de clases y un profesor tradicional que dicta clase y más cuando fugarse por las redes es, en esta modalidad, aún más evidente. La capacitación a distancia permite la ubicuidad, el uso de plataformas y aplicaciones, nos permite ser creativos, elimina la distracción y no abusar del tiempo de pantalla permitiendo que se trabaje en grupos, conectarse y desconectarse; estar inmersos en la biblioteca de Babel. Ciertamente la sociabilización es diferente y comprendo que en ello se sienta la nostalgia. Sin embargo, en tiempos de pandemia como ante el boom de Facebook, nos reunimos (esta vez en video) con personas que nos quedan lejos, amigos que nunca llegaban a la cita por evitar el tráfico. Conocemos otra forma de intimidad y nos inmiscuimos en una toma al interior de casas que nunca sospechamos. Zoom, así súbito nos ha permitido explorar el mundo de otro modo, eso sí sin olvidar al cuerpo.

El cuerpo

Temerosos de enfermar, ansiosos por salir, deseosos de besar, encerrados nos percatamos del cuerpo.

Con la nostalgia de haber perdido a mi hermano, con el gusto de haber cerrado bien un capítulo matrimonial y cambiar de domicilio, recupero las historias que he leído por ahí sobre mi cuerpo y comienzo a mapearlo.

Me refiero a una técnica de storytelling (mi obsesión) que encontré por ahí ahora que doy una clase que se llama Antropología del cuerpo. Se me ocurrió pensar en el cuerpo como lugar, en los sitios que me hubiera gustado pavimentar de mi hermano para que no sufriera, en los espacios de piel de mis hijas donde quisiera erigir edificios de besos. Así que busqué el término Body Mapping y encontré una técnica de terapéutica y artística de contar y dibujar el cuerpo para reflexionar sobre lo que sienten los enfermos o los refugiados.

Comienzo a emplearla con mis alumnos porque no los puedo abrazar hoy que cotidianamente pierden seres queridos, o se sienten asustados, ansiosos por salir y desconcertados. No sé qué resultados arroje pero via Zoom les cuento que: Querámoslo o no, cada vez que respiramos inhalamos partículas de historia (Odorama: Historia cultural del olor: Kukso, Federico) y del cosmos, no solo de manera figurada sino física cada átomo de nuestro cuerpo estuvo una vez dentro de alguna estrellas y en un ejercicio de reciclaje respiratorio aspiramos partículas del aliento y aroma de los grandes protagonistas de la historia.

Les cuento sobre el fenómeno “paternidad parcial” la creencia fundamental de algunas tribus de que todos los hombres que tienen relaciones sexuales con una mujer durante el embarazo comparten la paternidad biológica de su hijo. Su creencia de que los hijos poseen todos los talentos de los hombres que aportaron semen a la madre, todos son, en mayor o menor medida, los padres biológicos de su hijo.

Y a pesar de que no creemos en la paternidad parcial, sabemos que somos un mosaico de virus, bacterias y, potencialmente, otros humanos, un planeta con su propia población. Tenemos al menos 800 mil millones de células más en el cuerpo que las galaxias que existen en el universo conocido (The Body: A Guide for Occupants: Bryson, Bill). Existe una teoría llamada microquimerismo que dice que somos quimeras que contienen una pequeña cantidad de células de otros individuo así que nos contenemos, nos respiramos, nos habitamos. La naturaleza no está fuera de nosotros. Somos naturaleza. Con todo esto en mente, mapeamos y sentimos nuestros cuerpos confinados.

Así, como abejas…

Hacemos zoom a un cuerpo que se enferma con suma facilidad, zoom a a la condición humana para verla bien cerquita; zoom zoom como abeja revoloteando súbita para darte a ti que lees y miras por la pantalla, las gracias por hacerte presente. Hay millones, miles de millones de historias bailando a nuestro alrededor, entrando y saliendo por la pantalla, entrado y saliendo por nuestros poros, somos cuerpo sólo basta hacer el zoom para no sentirnos tan solos.

Regina Freyman

regina.freyman@itesm.mx

Maestra en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana y profesora del ITESM, campus Toluca

etcetera.com.mx

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