El asesinato cometido por un menor contra sus maestras en Michoacán debe analizarse más allá del impacto inmediato de horror que provoca el hecho y de la búsqueda de culpables individuales, sostuvo la doctora Alma Polo, académica del Departamento de Psicología de la Universidad Iberoamericana (Ibero).
Acotó que desde una perspectiva psicológica y social, este tipo de violencia extrema no surge de la nada ni puede atribuirse únicamente a un “monstruo aislado”, sino que es reflejo de fallas en los sistemas de contención que acompañan a los jóvenes durante su desarrollo.
Polo explicó que muchos y muchas adolescentes carecen hoy de herramientas suficientes para gestionar emociones como la frustración, el enojo, la soledad o la desesperanza, lo que puede derivar en respuestas desadaptativas ante las presiones sociales.
Estas habilidades, enfatizó, se aprenden y se transmiten principalmente en la familia, la escuela y la comunidad, espacios donde la detección temprana de conductas de riesgo no siempre ocurre.
La adolescencia, añadió, es una etapa particularmente vulnerable, marcada por la construcción de la identidad y la búsqueda de pertenencia y reconocimiento. Cuando estas necesidades no se satisfacen de manera saludable, los jóvenes pueden buscar alternativas en entornos que refuerzan el aislamiento o la violencia.



