El fanático prudente

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En tiempos polarizados quiero recordar una discusión sobre el fanatismo. Al inicio de los años noventa, el legendario Fernando Benítez me invitó a coordinar la sección cultural de un nuevo periódico, El Independiente.

El subdirector era Miguel Bonasso, que había dirigido el diario Noticias en Argentina y escrito una espléndida novela sin ficción en su exilio mexicano, Recuerdo de la muerte. Mientras Benítez contaba anécdotas de la picaresca intelectual y de sus incansables viajes por el México indígena, Bonasso organizaba equipos de trabajo. Había militado en los Montoneros y mantenía contactos con una diáspora de luchadores sociales. De tanto en tanto me decía: “Juancito, te propongo un colaborador”. Generalmente se trataba de izquierdistas de enorme valentía, que habían resistido a la tortura y disponían de suficiente retórica para llenar artículos. Fueron tantos los argentinos que se incorporaron al proyecto que les decíamos “los inevitables”.

Yo había militado en el Partido Mexicano de los Trabajadores, variante de la izquierda que se preciaba de su sentido democrático. En las infinitas asambleas de los sábados podíamos refutar a nuestros líderes, el ingeniero Heberto Castillo y el ferrocarrilero Demetrio Vallejo. Buscábamos transformar el país con métodos de educación activa. En un gesto generoso, el PMT se disolvió para incorporarse a otras ramas de la izquierda, más disciplinadas, dogmáticas y exitosas.

Los “inevitables” compartían experiencias de lumbre: un operativo célebre, un calabozo infame, la inolvidable traición al interior de una célula. Se habían jugado la vida por sus ideas, que eran las mías. Algunos separaban las aguas del arte y la ideología para escribir con notable sofisticación; otros deseaban que la sección adquiriera un temple de barricada. Estas posturas no eran privativas de ellos. Uno de mis mejores amigos mexicanos quería hacer la revolución por escrito. Pensaba lo mismo que yo, pero al leerlo me daba vergüenza que así fuera. Sus ideas eran valiosas, pero las plasmaba con bilis.

Para mantener el equilibrio entre cultura y compromiso revolucionario, leí un libro de Lenin como manual de autoayuda: La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo. El texto me permitió detectar a un par de “enfermos” políticos que escribían con odio. ¿Negaban la voz del otro por un problema de carácter o a causa de las ideas que les servían de sustento? La pregunta es decisiva, pero en una redacción no hay tiempo para resolverla.

En especial, un “enfermo” amenazaba con dinamitar el proyecto. En media cuartilla liquidaba a las glorias de la cultura nacional que en su opinión habían claudicado ante el poder. ¿Cómo invitar a escribir con nosotros a la gente a la que le diríamos sus verdades?

“¿Qué hacer?”, me preguntaba, citando otro título de Lenin. La solución vino de un “inevitable”. También él desconfiaba de los excesos de su paisano: “No tenés que expulsarlo”, me dijo: “ya fue expulsado, recordáselo nomás”.

¿A qué se refería? El “enfermo” en cuestión era hincha de Rosario Central y había sido excluido de la secta más radical del equipo, la Organización Canalla Anti Lepra, consagrada a celebrar al equipo auriazul (los canallas) y a odiar al Newell’s Old Boys (los leprosos). El gran Roberto Fontanarrosa parecía haber escrito sobre él. El amigo argentino me pasó un texto, subrayado en rojo, que decía: “La OCAL son un grupo de ñatos como el Ku Klux Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo… Andan con antorchas. Bueno, de la OCAL a él lo echaron por fanático”. En un grupo de probada radicalidad, nuestro “enfermo” había sido expulsado por extremista. El argumento era perfecto para excluirlo porque el amor a la camiseta es superior a la ideología. Entonces le pregunté al otro argentino cuál era su equipo. Confesó que apoyaba a los rojinegros de la lepra. Le dije que no podíamos combatir un fanatismo con otro. “Te equivocás”, me respondió de manera inolvidable: “a mí nadie me ha expulsado, soy un fanático prudente”.

Esta frase se convirtió en un lema de trabajo. Por desgracia, el periódico nunca llegó a imprimirse. Durante dos años simulamos el número cero. En ese espacio inverosímil nos propusimos repudiar el fanatismo o, si acaso, ser fanáticos prudentes.


Juan Villoro

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