jueves, enero 15, 2026

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La transformación de la Ermita de Santa Isabel: un rescate histórico que devolvió el esplendor a un barrio tradicional

Por Sergio Grosjean

En 1965, la Ermita de Santa Isabel vivió una de las intervenciones más significativas de su historia reciente, gracias al entonces alcalde Agustín Martínez de Arredondo. Hasta ese momento, el entorno de la Ermita se encontraba en un estado deplorable: un sitio oscuro, anegado, polvoriento y derruido, prácticamente convertido en muladar y refugio de malvivientes, además de paso frecuente hacia la antigua zona de tolerancia.

A pesar de su valor histórico, el abandono de sucesivas autoridades había sepultado bajo mugre y olvido uno de los espacios coloniales más representativos de la ciudad.

Es por ello, el Ayuntamiento emprendió entonces una rehabilitación total con un claro objetivo: canalizar el turismo hacia los principales puntos históricos y rescatar el antiguo carácter del camino que conectaba el Arco de San Juan con el viejo entronque del Camino Real a Campeche, que pasaba justo frente a la Ermita, donde los viajeros solían detenerse a orar antes de despedirse de Mérida.

Para recuperar esa estampa colonial, se retiró la argamasa de dinteles y marcos de puertas, dejando a la vista la piedra labrada. Se restauraron las cruces que coronaban las viejas casas, se elaboraron réplicas de estatuillas de santos para colocarlas en los nichos de piedra y se invitó a los vecinos a pintar las fachadas en tonos amarillo pálido, evocando los colores de época.

Como parte de este embellecimiento, se quitó el pavimento moderno de las calles principales para restaurar su autenticidad, poniendo en su lugar el tradicional adoquín. ¡Un cambio que nos permite pisar una Mérida más fiel a su pasado!

Hubiera sido interesante que y los ignorantes ex alcaldes de apellidos Vila y Araujo hubieran leído un poco de historia antes de haber orquestado el crimen que cometieron en el centro histórico, al retirar y desaparecer alrededor de 100,000 adoquines y de un plumazo cambiar el paisaje visual vernáculo.

Pero no alejándonos del tema que nos ocupa, en ese año, los alrededores de la Ermita cambiaron radicalmente. Las antiguas excavaciones y montones de piedra desaparecieron tras concluir la introducción de agua potable. Las lagunas formadas por las lluvias fueron canalizadas hacia desagües y el antiguo “parque”, antes un espacio informe y descuidado, se convirtió en un jardín verde, con pasto tupido, palmeras y bancas tipo “confidentes”.

En el centro, se construyó un quiosco de tejas rojas dio nueva vida al lugar, mismo que fue diseñado para albergar eventos culturales, que hermanaba con el proyecto de utilizar el atrio y las callejuelas como escenario para representaciones teatrales al estilo de los “Entremeses Cervantinos” de Guanajuato.

Como parte del rescate, el Ayuntamiento compró el local de una cantina situada frente al parque para demolerlo y sustituirlo por un restaurante típico que armonizara con el conjunto.

La Ermita misma también renació. En su pared norte se abrió un zaguán con marcos de piedra cantera, coronado por un detalle arquitectónico proveniente de “La Casa de la Condesa”, pieza que había sido arrancada una década antes y que, por fin, fue reinstalada. Ese zaguán conecta directamente con la calle 64-A, ruta tradicional que enlaza el Arco de San Juan con la capilla.

Asimismo, fue descubierta una antigua escalinata, se colocaron rejas acordes al estilo del edificio y el atrio fue cubierto con césped, mientras los ladrillos rojos sustituyeron al mosaico desgastado que antes lucía el acceso.

El osario también fue restaurado: se reconstruyeron los techos respetando su diseño colonial, se resanaron las paredes conservando la pátina original y los patios —antes verdaderas selvas repletas de basura, alimañas y restos humanos expuestos— se transformaron en jardines limpios y ordenados.

En ese año, se podía ver, a través de la única campana de la Ermita, las torres de San Sebastián, el Jesús, la Catedral, Mejorada y San Cristóbal. Al sur, en contraste, la vista revelaba las abandonadas y enlodadas calles que conducían a la zona de tolerancia, recordando el enorme contraste entre el esplendor recuperado y la Mérida que aún esperaba atención.

Al recordar ese esfuerzo realizado hace 60 años, la transformación de la Ermita de Santa Isabel permanece como ejemplo claro de cómo la voluntad municipal y la participación ciudadana pueden devolver la dignidad a un espacio histórico. Un rescate profundo que no solo restauró un edificio, sino también la memoria y el espíritu de todo un barrio.

Finalmente felicitamos a los vecinos del barrio por tan exitosa feria del panucho o «pan. de Don Hucho» y al festejado y amigo e ing. René Flores Ayora, destacado promotor de ese bello lugar.

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