Por Bernando Barranco
El Papa se encontró con la feligresía católica del 12 al 17 de febrero de 2016. La presencia de Francisco en México es la séptima visita pontifical al país en un lapso de 37 años. Dadas las altas expectativas sociales y políticas, la visita quedó a deber. El papa Francisco decepcionó a muchos por no cuestionar a fondo la corrupción del gobierno de Peña Nieto ni haber accedido encontrarse con los familiares de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa; por no haber abordado con mayor firmeza los feminicidios ni haberse pronunciado en suelo mexicano sobre la pederastia clerical. Es claro que ningún Papa se presenta con discursos incendiarios ni a romper lanzas con cualquier gobierno. Salvo excepciones, en ningún país el Papa es portador de discursos a rajatabla.
A pesar de que la Iglesia mexicana es una de las más conservadoras de toda América Latina, el objetivo de Francisco y de todo pontífice es apuntalar su posicionamiento social, su gravitación frente a los poderes locales, en especial frente al gobierno.
El estilo de Bergoglio era suave, sutil, pero profundo, cargado de símbolos y empatía espiritual. Notable que sus principales críticas no fueran sociales ni políticas sino eclesiales. El discurso en la catedral –el 13 de febrero de 2016– queda no sólo como una pieza crítica a la impericia de los obispos mexicanos. Dibujó un programa de trabajo que los obispos aun no acatan con decisión. El Papa pidió mayor osadía pastoral. No fue casualidad la visita a la tumba de don Samuel Ruiz en la catedral de San Cristóbal de las Casas.
En días previos a la visita, el cardenal Norberto Rivera fue zarandeado por las revelaciones documentales del semanario Proceso y de Aristegui Noticias, sobre las anomalías en la anulación del primer matrimonio de Angélica Rivera para poder casarse por la Iglesia con Enrique Peña Nieto: “Se hizo posible a partir de un proceso plagado de irregularidades y simulaciones al interior de la Arquidiócesis Primada de México”, concluye la investigación. Los medios tradicionales de la prensa y la televisión guardaron silencio cómplice de dicha nota, pretendiendo sepultarla.
La frivolidad de la casta política de Peña Nieto quedó patente el 13 de febrero de 2016, cuando el pontífice ingresó al Palacio Nacional. Ahí pidió a los políticos ser “hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común”. Los políticos de la era peñista estaban más agitados por sacarse una selfie con el pontífice argentino. Se empujaban por la foto, como si estuvieran ante un rockstar.
Las partes más memorables de su visita, fueron el mensaje a los indígenas en Chiapas y su paso en Ciudad Juárez. Ahí, el 17 de febrero, en su fuerte homilía dedicada a los migrantes estalló con icónica frase: “¡No más muerte! ¡No más explotación!” Sin embargo, en el mensaje en catedral, Francisco puso en evidencia ante todo el país sus diferencias con el episcopado mexicano. En su discurso trató de motivar, orientar y corregir a los obispos mexicanos. “La Iglesia no necesita de príncipes…”, “bájense del carro de fuego de los faraones”, sentenció.
El tono del pontífice argentino fue de regaño y la improvisación se hizo sentir con ímpetu desgarrador así lo dijo: “Esto no estaba preparado, pero se los digo porque me viene en este momento” –y entonces exclamó–: “Si tienen que pelearse, peleen, ¡pero como hombres! Como hombres de Dios. Si tienen que decir algo, díganlo a la cara, como hombres de Dios, que después van a rezar juntos, a discernir juntos y, si se pasaron de la raya, a pedirse perdón, pero mantengan la unidad del cuerpo episcopal”.
Los obispos, sorprendidos, guardaron silencio, algunos intercambiaban miradas, atónitos por tan inusual amonestación. Las palabras del pontífice no generaron conmoción ni propiciaron un aplauso entre los más de 100 obispos sentados en las bancas de la Catedral de la Ciudad de México. Francisco sabía que encaraba a un episcopado frío y hasta contrario a sus reformas. Los obispos mexicanos son quizá de los más conservadores de América Latina. Francisco demandó una mayor pastoralidad y empeño misionero. La falta de entusiasmo de los obispos mexicanos al llamado de Francisco radica en que están instalados en una zona de confort, sobre todo ante el poder. Los obispos se hospedan con desahogo, conviviendo con los poderes fácticos; gozan de deslumbrantes prerrogativas, disimuladas, por parte de la clase política mexicana. Los obispos se han amoldado en la comodidad de los privilegios que les ofrece, de facto, el sistema político mexicano. Por ello, Francisco vino a sacudir a la clase clerical convertida en casta privilegiada.
Había un claro enfrentamiento entre Norberto Rivera con la nunciatura encabezada por Christophe Pierre, y altercados por la conducción de la visita. Hugo Valdemar, vocero de Rivera, contestó el regaño de catedral argumentando que el pontífice estaba mal informado y no entendía bien la realidad. Era claro que Norberto Rivera fue uno de los destinatarios de los regaños del Papa. De todo ese vergonzoso enfrentamiento, el ganador fue Carlos Aguiar Retes. Tan sólo unos meses después, recibe el título cardenalicio y un año después asume el cargo de cardenal arzobispo primado de México. Rivera queda fuera.
A 10 años, monseñor Ramón Castro Castro está llevando a los obispos mexicanos a la oposición de derecha ¿Qué diría el Papa Francisco?



