Por Sergio Grosjean
Hace unas semanas un mortal suceso conmocionó e incluso conmociona a los meridanos en un evento inédito en nuestra ciudad y estado. Una auténtica pesadilla biológica se ha desatado en un conocido centro comercial de La Mérida que se nos fue. Carlos, un joven instructor de 33 años de wakeboard —un deporte acuático que consiste en deslizarse sobre una tabla remolcado por cables o embarcaciones— perdió trágicamente la vida tras contraer la letal y temida ameba Naegleria fowleri.
El voraz parásito, que habita en aguas dulces y templadas, atacó el tejido del sistema nervioso central del Carlos tras ingresar a su cuerpo por medio de las fosas nasales mientras laboraba en el lago artificial de la plaza «La Isla Mérida». Este organismo provoca una infección devastadora y gran velocidad, y esta, que destruye el encéfalo en cuestión de días, registrando una tasa de mortalidad aterradora de casi el 97%. La presencia de este asesino microscópico en un espacio público donde acude un alto número de personas de todas la edades cotidianamente ha encendido de inmediato las alarmas de emergencia sanitaria en la región.
Esta ameba microscópico no perdona, siendo que su hábitat natural son los cuerpos de agua dulce de temperatura templada o cálida, especialmente aquellas aguas estancadas, lagos, excavaciones, sascaberas o piscinas que carecen del tratamiento de cloro adecuado. Una vez en el organismo, la ameba desencadena un ataque implacable contra el sistema nervioso central, provocando la meningoencefalitis amebiana primaria (MAP): una fulminante enfermedad que representa, prácticamente, una sentencia de muerte para quien la padece.
¿CÓMO INFILTRA A SUS VICTIMAS? El mecanismo de contagio es específico. La literatura médica confirma que la ameba requiere una vía de entrada nasal obligatoria: ingresa violentamente por las fosas nasales cuando el agua infectada se proyecta con fuerza al nadar, bucear o practicar deportes acuáticos de alta velocidad como el wakeboard. Aunque no existe riesgo de transmisión de persona a persona ni contagio por beber o tragar el agua contaminada, bastan unos cuantos mililitros proyectados por la nariz para que este parásito inicie su camino.
Por fortuna, la naturaleza de nuestra tierra nos ofrece un halo de tranquilidad: hasta donde la evidencia científica indica, esta ameba no encuentra las condiciones para prosperar en nuestros cenotes. La Naegleria fowleri requiere que el agua alcance temperaturas elevadas, cercanas a los 35 °C, mientras que los cauces y cenotes de Yucatán se mantienen a salvo en un rango fresco y constante que oscila entre los 22 y los 28 °C. En el mar no prospera.
No obstante, esta dolorosa experiencia nos llama a la reflexión y al cuidado responsable. La proliferación de excavaciones y estanques artificiales con fines recreativos, donde el agua permanece estancada y expuesta al sol, puede elevar las temperaturas a niveles de riesgo. La partida del joven Carlos no debe quedar en el olvido ni por error sino todo lo contrario, nunca debe ser olvidado; debe convertirse en una luz de conciencia para todos.
Es un llamado oportuno y constructivo para que las autoridades sanitarias refuercen los protocolos de supervisión, para que los empresarios adopten medidas estrictas de filtración y cloración en sus instalaciones, y para que como sociedad aprendamos a prevenir. Que el legado de su memoria sea la protección, el cuidado mutuo y la certeza de que, unidos y atentos, velaremos para que una tragedia de esa magnitud no vuelva a repetirse jamás.
Sin embargo, hay algo que si es para alarmanos, ya que bajo nuestros pies se incuba una catástrofe silenciosa e irreversible y que lo venimos repitiendo desde hace lustros: la contaminación extrema del manto freático de Yucatán. Día a día, tóxicos, desechos y aguas residuales se filtran sin freno hacia las entrañas de nuestra tierra, ante la absoluta inacción y la preocupante apatía de los tres órdenes de gobierno, y allá están nuestras carreteras llenas de basura sin que algún gobierno desde hace 25 años haga algo al respecto. Importante señalar que cuando se precipitan las lluvias, estas pasan a través de esa basura o resíduos sólidos que desprenden materiales tóxico que se van al manto freático y de allá a nuestros cárcamos o pozos y luego a la llave de nuestra casa, junto con posibles contaminantes de metales pesados.
Estamos al borde de una crisis sanitaria y ambiental insostenible y sin retorno. Nos jactamos de vivir sobre una de las reservas de agua más grandes del país, pero la realidad es brutal y desoladora: ¿de qué nos servirá tener un océano subterráneo si cada gota está envenenada? Sergio Grosjean Abimerhi 22/09/2026



