jueves, abril 18, 2024

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Ser disidente en Rusia

Autor: Pedro Arturo Aguirre 

Desde hace siglos Rusia es tierra del más feroz absolutismo y resulta imposible comprender a la dictadura de Putin sin atender esta realidad colmada de autarquías y de censura, encarcelamiento, deportación o muerte a quienes discrepan. El liderazgo putiniano no es esencialmente diferente a los de otras épocas.

Ha estado caracterizado por la persecución de cualquier disidente que pueda agitar y hacer sombra a su gobierno. Larga es la lista durante al actual régimen: la periodista Anna Politkóvskaya, los abogados Anna Babúrova y Serguéi Markélov, políticos como Boris Nemtsov o agentes de inteligencia como Alexander Litvinenko y Serguéi Skripal. Por supuesto, también hay opositores originarios de la sociedad civil como Aleksei Navalni, muerto la semana pasada bajo sospechosas circunstancias en un penal situado dentro del Círculo Polar Ártico. La narrativa putiniana tiene como fundamentos el sello de la etapa soviética y en la sempiterna memoria de la grandeza imperial. Mucho tiempo ha pasado desde el siglo XVI, cuando comenzó la sucesión de zares Romanov. Desde entonces no ha cesado la funesta relación de los gobernantes rusos con la tolerancia hacia la pluralidad ideológica y las libertades políticas.

Los Romanov estuvieron atorados a medio camino entre la persecución implacable de disidentes (entre los que se incluían tanto republicanos y liberales como marxistas y anarquistas) y una torpe y atropellada adaptación reformista con democracias burguesas del Occidente europeo. Muchos historiadores toman a los desafortunados oficiales que encabezaron la revuelta decembrista de 1825 contra la ascensión de Nicolás I como los “genuinos primeros disidentes de Rusia”.

La represión contra los inconformes se agudizó y perfeccionó en el régimen soviético, amparada legalmente en el infame artículo 58 del Código Penal de 1927, cuya función era la persecución de toda “actividad contrarrevolucionaria” llevada a cabo por los “enemigos del Pueblo”. Así se victimizó a millones de seres humanos con muy diversos y discrecionales motivos: volatilizó grupos sociales enteros como los kulaks en el mundo rural, deportó a pueblos no rusos a lugares remotos y los condenó a sufrir todo tipo de penurias y desarraigos y millones de individuos fueron enviados a un sistema despiadado de campos de trabajo. También el propio Partido Comunista fue duramente purgado por décadas.

Aunque la represión de la disidencia política existió antes de Stalin, fue con el tirano georgiano con el que alcanzó un grado mayúsculo. El instrumento fundamental fue la policía política, denominada en época de Lenin como Cheka, transformada en 1922 en la OGPU y convertida en 1934 en el NKVD. El ambiente asfixiante de permanente desconfianza y miedo que generó la actividad de estos organismos alcanzó proporciones históricas.

En los años de más intensa represión, el edificio sede de la policía política conocido como Lubianka, ubicado en la plaza homónima moscovita, se convirtió en el símbolo de la brutalidad del régimen y en sus cárceles fueron torturadas y asesinadas miles de personas. Pero no solo eso. Una técnica original soviética de opresión fue declarar a los disidentes políticos como “locos” para ingresarlos en hospitales psiquiátricos donde fueron atormentados y torturados. Algunos fueron utilizados como conejillos de indias humanos para experimentos atroces. El régimen manejó sin escrúpulo alguno un subgénero psiquiátrico para destruir a los discrepantes políticos. El caso más emblemático fue el de Zhores Medvedev, biólogo especializado en genética, quien fue internado por el “delito” de denunciar como fraude al lysenkoísmo, una charlatana teoría de producción agrícola que abjuraba de la “ciencia burguesa” y solo provocó mortales pérdidas de cosechas y hambruna generalizada.

La represión a los disidentes no amainó con Breznev, quien inició célebres casos penales contra los escritores Yuly Daniel y Andrei Sinyavsky, encarcelados por publicar textos en el extranjero, y contra el poeta Joseph Brodsky, acusado de “parasitismo”. También decretó la expulsión de Alexander Solzhenitsyn, recluyó al físico nuclear Andrei Sájarov y ordenó el aplastamiento sin contemplaciones de la Primavera de Praga. Con valentía, Solzhenitsyn había arriesgado su vida al sacar, de contrabando, sus manuscritos de la Unión Soviética. Quería que el mundo aprendiera la verdad sobre el “paraíso de los trabajadores”, al cual muchos intelectuales occidentales elogiaban.

Muchos fueron los escritores e intelectuales disidentes que murieron en campos de prisioneros durante las décadas de 1970 y 1980. Es también en estos años cuando vive su saga el disidente y escritor Vladímir Bukovsky, quien estuvo doce años en campos de concentración, prisiones y hospitales psiquiátricos. Escribió junto con el psiquiatra Simeón Gluzman el Manual de Psiquiatría para Disidentes a manera de denuncia de los increíbles abusos soviéticos. Terminó sus días como crítico de Putin e incluso intentó postularse a la presidencia en las elecciones de 2008, pero las autoridades no le permitieron participar. Además, formó parte de la investigación británica para esclarecer la muerte por polonio de Alexander Litvinenko.

Desde el inicio de la invasión a Ucrania la represión contra los disidentes y los derechos civiles y políticos en la Federación Rusa ha alcanzado nuevos niveles. La relatora especial sobre los derechos humanos en Rusia, Mariana Katzarova, informó hace poco a Naciones Unidas que la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Moscú “ha sido seguida por un rápido deterioro de la situación de los derechos humanos… las restricciones incrementales y calculadas durante las últimas dos décadas han culminado en la política estatal de criminalizar cualquier disidencia real o percibida y reforzar el apoyo a la guerra a través de la censura, la propaganda de patrocinio estatal y las fuentes de información controladas por el Estado”.

Entre el inicio de la guerra en Ucrania y el final de 2023 alrededor de 25 mil personas han sido detenidas por participar en protestas contra la guerra, en su mayoría pacíficas. Rusia es, ha sido durante siglos, una dictadura infernal para sus ciudadanos y ahora añade dentro de sus atribuciones la de ser el principal elemento de desestabilización mundial. La Unión Europea y Estados Unidos deberían entender de una buena ve que no hay camino posible para reconducir de forma positiva las relaciones con Rusia mientras Putin continúe al frente. Por eso se necesita insistir en las sanciones y el aislamiento económico, en la ayuda a Ucrania, en apoyar lo más posible a la disidencia interna y en combatir a quienes en Occidente hacen el juego al déspota.

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