Por Sergio Grosjean
En esta brevísima historia del teatro José Peón Contreras, de la que ya hemos hablado, la compartimos para recordarle al gobierno del estado que existe, y es lamentable que siga al mismo “son” de los que se fueron. Un tema que por cierto ampliamos en nuestro nuevo libro “La Mérida que se nos fue…, que estará disponible en febrero, en diversos puntos de los que ya les informaré con mucho gusto.
Entrando en materia, en su pasado colonial, el espacio donde se asienta el teatro fue donado por uno de los fundadores de Mérida junto con el resto de la manzana, más $20,000 con la intención de que fuera instaurado un colegio de primera y segunda enseñanzas. En 1618, los jesuitas fundan el colegio de San Francisco Javier, que fue convertido en Universidad, hasta que en 1767 fueron expulsados los religiosos que lo tenían a su cargo. En esta importante área donde se asentaba se encuentra el edificio central de la Universidad Autónoma de Yucatán, el teatro José Peón Contreras, el callejón del Congreso, el Parque de la Madre, el templo de El Jesús y el aula magna o Salón de los Generales, donde estuvo por muchos años el Congreso del Estado.
Por aquellos tiempos y con base en una crónica del siglo XIX, un puente de piedra atravesaba la actual calle 60 uniendo la Universidad de San Francisco Javier con el Colegio de San Pedro. Con base en la hipótesis de nuestro amigo el investigador Indalecio Cardeña Vázquez, es probable que el citado puente uniese el costado sur donde actualmente se encuentran el teatro José Peón Contreras y la actual Universidad Autónoma de Yucatán. Transcurridos los años, es decir, a principios del siglo XIX, se fraccionó el terreno y se abrió el callejón del Congreso, y en el sitio donde se encuentra el actual teatro Peón Contreras se fundó el primer teatro llamado San Carlos, destruido por un incendio, que de acuerdo con Gonzalo Cámara Zavala, curiosamente ocurrió cuando se estaba representando una obra teatral en la que había una tremenda tempestad con muchos relámpagos, y cuando se simuló un rayo con la finalidad de quemar una casa de utilería, el fuego se transmitió a las decoraciones y los bastidores, y de allá a las demás partes del recinto convirtiéndose en un fuego infernal que acabó con la construcción.
Fue reedificado en 1831, y en 1878 se cambió el nombre por el de José Peón Contreras, en honor del famoso yucateco, quien además de dramaturgo, poeta, novelista y político, fue un destacado médico especialista en enfermedades mentales. En aquel entonces se consideró que el teatro ya era una vieja y obsoleta edificación, por lo que fue derribado, y construido en su lugar el actual edificio bajo la supervisión de arquitectos italianos, inaugurándose en 1908, aunque el busto de bronce del poeta fue develado el 7 de febrero de 1928.
Transcurridos los años, el teatro, además de la infinidad de obras teatrales que en él se representaron, fue escenario de veladas literarias, conferencias, cantos corales, exhibiciones cinematográficas, audiciones de piano y violín que preparaban anualmente destacados maestros. Sin embargo, paulatinamente, el género teatral entró en decadencia, pero se incrementaron las veladas y exhibiciones fílmicas ya sea para cinéfilos, amantes del box o de la tauromaquia.
Finalmente, inicia una decadencia de la que nunca sale antes de su cierre, proceso en el que se transformó de un monumental teatro a un simple cinema de quinta categoría, que fue víctima incluso de robos y vandalismo, hasta que cerró definitivamente y fue abandonado por completo durante algunos años, convirtiéndose vergonzosamente en una letrina habitada por ratas, murciélagos y cucarachas.
Varios testigos nos relatan cómo el bello coliseo se caía a pedazos por falta de mantenimiento hasta que en 1979 el entonces gobernador Francisco Luna Kan expropia, en medio de controversias, el majestuoso teatro a la familia Barbachano –la cual, por cierto, nunca cobró los pesos que se les ofreció pagar con base en el valor catastral–, para luego ser remodelado y reinaugurado el 13 de diciembre de 1981.
Como colofón, hay un dato muy importante que casi todos los historiadores han omitido por alguna extraña razón: el teatro estuvo rentado a la Operadora de Teatros, S. A. –compañía del gobierno federal que dirigía Rodolfo Echeverría, hermano del entonces presidente–, que no pagó renta por años con premeditación, alevosía y ventaja, además de tenerlo en total abandono, hasta que luego de varios años de un juicio que inició la familia propietaria, obtuvo el desalojo después de ganar el dictamen.
Durante esos largos años, la citada operadora utilizó el teatro como cine y lo hizo sin darle el mínimo mantenimiento hasta convertirlo en un muladar y peor aún, al ser desalojada se robó hasta las butacas. Y a los pocos meses se expropió. ¿Casualidad? Lo dudo, y mucho. Entonces, moralmente esa expropiación fue despiadada e injusta, incluso cobarde, y es por ello que la familia Barbachano, por honra, nunca cobró lo que le ofrecieron, que por obviedad era una suma ridícula.
Finalmente, por fuentes directas y confiables, sabemos que la intención de la familia propietaria era regresar el inmueble a su grandeza original; sin embargo, la expropiación detuvo todos sus planes al respecto. Para cerrar esta crónica, no podemos hacerla sin mencionar que el teatro se quemó el 1 de noviembre de 2022, durante el gobierno de Mauricio Vila, donde la cultura en Yucatán tuvo un gran retroceso, posiblemente por ignorante o por no tener sangre yucateca no le importaba. Sin embargo, ahora, en enero de 2026 ya con otro gobierno y de oposición que está al frente, el teatro sigue en las mismas condiciones: cerrado. ¿Cuál será la razón en este último caso? Sergio Grosjean Abimerhi 20 de enero de 2026.



