Por Bernardo Batiz V.
Lo que pasa en México, lo que se dice aquí, no siempre se entiende cabalmente en otros lugares del globo; el 16 de septiembre más de una persona me preguntó “¿viste el Grito?” y no me asombré de la pregunta, aquí hay un grito anual, solemne, aplaudido, que se da cada 15 de septiembre a las 11 de la noche y que además de ser escuchado se vive; es un grito que se ve y al que se asiste ¿no es asombroso?
Esto lo hacemos miles de mexicanos que repletaron el Zócalo, nuestra plaza mayor, centro y corazón de la patria y lugar donde sabemos, sucede todo lo importante.
A las 11 de la noche del 15 pasado, nuestra Presidenta dio el Grito; estuvieron ahí 300 mil almas, frente a Palacio Nacional, a un lado de la Catedral y del Palacio de Gobierno de la Ciudad, todos alrededor de la bandera que empezó a ondear poco antes de las 11, como si tuviera la voluntad de participar en la celebración del hecho histórico; y si miles estuvieron en el Zócalo, millones lo oímos y vimos por televisión.
Lo que dijo la presidenta Sheinbaum fue, palabras más, palabras menos, lo que hace más de 100 años vienen diciendo los presidentes anteriores, en recuerdo de otro grito que es el que con toda razón se celebra: el cura Miguel Hidalgo y Costilla frente a la parroquia de Dolores, de la que era párroco; a su lado estuvieron Ignacio Allende y Juan Aldama, ambos militares criollos con grados en el ejército virreinal; el grueso de la tropa estuvo integrado por mestizos e indígenas de Dolores y lugares aledaños que, mal armados, se incorporaron al improvisado ejército, muchos de ellos al grito de “vamos a agarrar gachupines”.
Al dar el Grito, lo hizo Hidalgo enarbolando un lienzo con la imagen de la Virgen de Guadalupe, patrona de los mexicanos y ello fue un acierto político que movió los corazones y el coraje de los insurgentes y seguidores.
Fueron algunos criollos quienes encabezaban la lucha, muchos mestizos y muchos originarios del país, que se reunieron alrededor de esa imagen tan venerada.
Fue así el inicio de la primera gran transformación; de lo que se conocía como la Nueva España, pero que ya era México, un país multirracial y multicultural. Se le llamaba Nueva España, pero ya no era una colonia de españoles solamente, ni únicamente de indígenas o de afromexicanos; esta transformación fue un encuentro de mexicanos, único título que abarcaba a todos ellos, unidos por la devoción a la Virgen, pero principalmente porque nacía un sentimiento patriótico nuevo, fiel a la comunidad a la que todos se sentían ya pertenecientes.
Se trató de algo nuevo, algo que no existía, pero se adivinaba, era una convicción que nacía, el patriotismo que apenas se atisbaba; empezábamos a dejar de ser un virreinato al que llegaban para dirigir la política y la administración local personajes de la nobleza española que nombraba el rey de España y que gobernaban en su nombre. Los hubo malos y buenos, algunos muy destacados, tanto que conservamos sus nombres en calles del Centro Histórico como Revillagigedo y Bucareli.
Con el Grito de Dolores se inició lo que atinadamente se ha conocido como la primera gran transformación, sin duda importantísima; sin ella no se explicarían las otras tres que ahora reconocemos y distinguimos como jalones claves en la historia de México.
El Grito sin estridencias, directo pero cargado de significado de la Presidenta de México, recordó los otros tres cambios históricos que son reconocidos como transformaciones sin las que no seríamos ni el país que ahora tenemos como territorio, ni la comunidad de comunidades que conocemos como nación, ni tampoco el Estado que es la organización política de esa nación.
Sin ese grito inicial, sin esa primera transformación, no podríamos celebrar ahora ni la segunda, que fue la separación del Estado de la Iglesia, ni la tercera, que fue el paso de la dictadura personal de Díaz a un gobierno revolucionario; Tampoco la nuestra, la cuarta, con la que se inicia una verdadera participación democrática del pueblo, que ordenaba la ley, pero no era nuestra realidad política y social.
Concluyo destacando algo que no podemos perder de vista, el profundo significado de la Cuarta Transformación es que ésta última fue pacífica, no hubo ni choque entre hermanos ni violencia alguna, se logró a partir de grandes manifestaciones y millones de votos en las urnas.
La Reforma dio lugar a la guerra de tres años y a la intervención francesa, la Revolución se inició contra Porfirio Díaz en forma violenta, continuó con la guerra contra Victoriano Huerta y concluyó después de muchos encuentros sangrientos entre fracciones. La nuestra, la de hoy, es pacífica y democrática.
Se ensayó en ella una nueva forma de lucha política que no recurrió en ningún momento a las armas, que llenó el Zócalo y muchas otras plazas con multitudes pacíficas, pero decididas; y lo más importante, que en 2018 llevó al poder a un nuevo gobernante y a un partido naciente, únicamente con votos y cómputos honrados en las casillas.
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