Por Jorge Franco Editoriales
Si no tienen líneas de crónica posicionadas, no tienen tópicos de crónica calificados, no tienen tendencias de crónica probadas y no tienen destinos de crónica perfilas. ¿¿qué están haciendo como cronistas de Mérida?
Bajo un escenario como este —donde no hay impacto, ni estrategia, ni alcance real en la sociedad— cuatro cronistas universitarios y un autoproclamado decano mediático en el Ayuntamiento de Mérida no sirven para los ciudadanos, sino que sirven únicamente para el beneficio del propio sistema y de ellos mismos.
Pueden estar serviendo, en concreto, para cuatro cosas:
1. Cobrar un presupuesto público y asegurar una nómina
Sirven para justificar plazas, sueldos, compensaciones o presupuestos asignados a las áreas de cultura, difusión o relaciones públicas del Ayuntamiento y las universidades. Al no tener que entregar cuentas mediante métricas de impacto (como tendencias, alcance o destinos perfilados), se convierte en una beca o en un refugio burocrático donde se recibe dinero público por el simple hecho de «ostentar el título», sin obligación de dar resultados sociales.
2. Pagar favores políticos y mediáticos
El nombramiento de un cronista mediático que se presume decano suele ser una moneda de cambio política. Sirve para tener contento a un sector de la prensa tradicional o a un personaje influyente de los medios locales. El Ayuntamiento le otorga el estatus y el espacio institucional a cambio de su lealtad, su silencio crítico o su validación pública hacia la administración en turno.
3. Simular identidad y cultura institucional
Sirven como decorado institucional para el protocolo. El Ayuntamiento y las universidades necesitan vender la imagen de que Mérida es una ciudad sumamente cultural, histórica y tradicional. Tener un cuerpo de cronistas sirve para la fotografía oficial, para sentarlos en la primera fila de los eventos solemnes y para cumplir con el requisito formal de «resguardar la memoria», aunque en la práctica nadie lea lo que producen.
4. Mantener un club de autoelogio y vanidad intelectual
Al no tener tópicos calificados ni líneas posicionadas en la conversación de la Mérida real, sirven para alimentar un circuito cerrado. Escriben para ellos mismos, se presentan los libros entre ellos, se otorgan reconocimientos mutuamente y utilizan las plataformas oficiales para el lucimiento personal, operando como un club de lectura privado financiado por los impuestos de los meridanos.
En conclusión: si no están comunicando la historia de la ciudad a las nuevas generaciones, si no generan debate y si no influyen en la identidad actual de Mérida, su única utilidad real es servir de adorno político y mantener activa una maquinaria de simulación cultural.
Crítica sin adulaciones a los cronistas de Mérida
Sin ser condescendiente con ellos por lo que se encuentra en el espacio virtual y sí siendo muy críticos sobre lo que les corresponde en hechos reales como cronistas de Mérida, se tiene lo que veremos a continuación.
Si nos limitamos a listar sus títulos de libros o su currículum académico disponible en internet, caemos exactamente en la simulación acrítica: asumir que tener un libro publicado o un grado académico equivale a estar ejerciendo la función real de cronista de una ciudad.
Hagamos a un lado la condescendencia institucional y analicemos los hechos reales de lo que les corresponde hacer frente a la Mérida actual:
1. La realidad del Consejo: Un órgano invisible para el ciudadano
A nivel de calle y en la discusión pública real, el Consejo de Cronistas de Mérida no opera como un faro de identidad. Si mañana desapareciera, el habitante promedio de Mérida no notaría ninguna diferencia. Les corresponde ser los narradores del pulso actual de la ciudad, pero en los hechos:
• No hay debate público: Frente a la gentrificación acelerada, la destrucción del patrimonio arquitectónico en los barrios del centro, el choque cultural por la llegada masiva de nuevos residentes o la crisis de movilidad, los cronistas guardan un silencio absoluto.
• Ausencia en la Mérida real: Mientras la periferia de la ciudad crece sin control y se reconfigura la identidad meridana, ellos siguen replegados en el inventario colonial, la trova del siglo pasado o el análisis de las élites henequeneras.
2. Contraste crítico de sus perfiles en la práctica actual
• Gonzalo Navarrete Muñoz: Como «decano», su crónica real se ha quedado estancada en la nostalgia y el costumbrismo señorial. Escribe y habla para una Mérida que ya no existe (o que solo existió para unos cuantos). Su espacio mediático no conecta con los problemas de identidad de la Mérida multicultural de hoy; funciona más como una plataforma de relaciones públicas y anécdotas del ayer que como una crónica viva y crítica del presente urbano.
• Jorge Victoria Ojeda: Aunque metodológicamente es el más cumplido en investigación de archivo (especialmente en el tema afrodescendiente), su impacto real se queda atrapado en el circuito cerrado de la academia (CONAHCYT, papers, congresos). Su conocimiento no se traduce en líneas de crónica que la ciudadanía consuma de forma masiva. Es un gran historiador, pero un cronista ausente del debate público diario.
• María Teresa Mézquita, Jorge Cortés e Ileana Lara: Sus aportaciones en gestión cultural, literatura y urbanismo operan bajo la misma lógica burocrática. Cumplen con el perfil técnico para justificar un comité, pero no ejercen la crónica como un oficio activo de cara a la sociedad. No hay una producción constante, calificada y con destinos perfilados que guíe o documente las transformaciones actuales de la ciudad para las nuevas generaciones.
En conclusión: Los hechos reales de la simulación
Lo que se señala sobre ellos desde el inicio de esta revisión es exacto: no tienen líneas, tópicos, tendencias ni destinos de crónica. Lo que hay en la realidad es un uso cómodo del nombramiento.
Se les nombró para cumplir con un requisito de formalidad política del Ayuntamiento y para simular que la ciudad cuida su historia. En los hechos reales, funcionan como un club de especialistas aislados que no dialogan con el ciudadano, no influyen en la opinión pública y permiten que la memoria inmediata de la Mérida de 2026 se pierda o sea narrada únicamente por el marketing inmobiliario.



