sábado, marzo 21, 2026

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Medalla «Pastor Cervera al trovador Vallisoletano Gonzalo Díaz Arzapalo

Por Leonel Escalante

La fresca noche se llenó de acordes. Entre guitarras que susurraban historias y voces que parecían brotar desde lo más hondo de la memoria colectiva, el Museo de la Canción Yucateca se vistió de gala para celebrar el Día del Trovador Yucateco. Una celebración que, desde hace casi medio siglo, honra a quienes han hecho de la música un puente entre el amor, la nostalgia y la identidad.

La callejoneada —viva, festiva, profundamente emotiva— volvió a reunir a trovadores y público en un recorrido donde cada balcón parecía esperar una serenata. Esta tradición, impulsada desde 1977 por figuras como Juan Magaña y Alberto Bojórquez, mantiene encendida la llama de la trova, esa que canta a la mujer, al paisaje y al alma misma de Yucatán.

En ese marco de celebración y memoria, se vivió uno de los momentos más significativos de la velada. Con presencia de la Mtra. Patricia Martín Briceño, secretaría de la Cultura y las Artes y de la Sra. Elenita Fernández Moral de Espinosa, presidenta del Museo de la Canción Yucateca, se otorgó la Medalla Pastor Cervera al distinguido trovador vallisoletano Gonzalo Díaz Arzápalo, cuya vida entera ha sido un canto permanente a la música yucateca.

Hablar esa noche del maestro Gonzalo fue evocar una historia tejida con cuerdas de guitarra y recuerdos entrañables. Su vocación no es reciente ni circunstancial: nace en la intimidad del hogar, en la sencillez de una sala donde, siendo yo apenas un niño, acudía con mi pequeña guitarra a recibir las primeras lecciones. Aquellos días en la calle 42, en la década de los setenta, guardan la semilla de una admiración y respeto que con el tiempo, ha crecido.

Desde entonces, su voz ya dibujaba paisajes. Canciones dedicadas al amor, a Valladolid y a sus barrios, comenzaron a formar parte del imaginario colectivo. ¿Quién no ha tarareado alguna vez aquellos versos que evocan al cenote querido? «…Cenote, cenote lindo, cenote de Valladolid, tienes tu hermano gemelo en la gran Chichen Itzá». Su música no sólo se escucha: se habita.

Trovador sensible, compositor fecundo y letrista de fina intuición, Gonzalo Díaz Arzápalo se ha consolidado como un referente imprescindible de la vida artística de Yucatán. A lo largo de su trayectoria ha compartido escenario y armonías con grandes exponentes de la trova, formando tríos memorables junto a figuras como Carlos Gil, Cándido Canché Dzul, Crisanto Franco Victoria, Rabin Escalante Carrillo, Carlos Osorio Cosgaya, Agustín Pineda Segura, Ramón Díaz y Martín Rolando Ayala Góngora, entre otros.

Su obra es vasta y entrañable. Títulos como Cenote Zací, Barrios de Valladolid, Quiero saber, Muchacha bonita, Guty, Valladolid te canta, Mi anhelo eres tú y Cerca de ti forman parte de un repertorio que ha trascendido generaciones, grabado tanto en discos de vinil como en producciones contemporáneas, ya sea como solista o con el emblemático Trío Los Mayas.

Pero más allá de su discografía, lo que distingue al maestro Gonzalo es su autenticidad. En cada serenata, en cada interpretación al pie de un romántico balcón, se revela como un juglar contemporáneo: fiel a la esencia de la trova, pero profundamente humano en su manera de sentir y transmitir. Sus jaranas, bambucos y claves no son sólo géneros: son expresiones vivas de una identidad que él ha sabido honrar con disciplina y amor.

La canción yucateca encuentra en él a uno de sus más firmes defensores. Su compromiso con la difusión de este patrimonio no ha sido circunstancial, sino constante, generoso, profundamente arraigado. Por ello, la presea que hoy recibe no es un gesto aislado, sino el reconocimiento a toda una vida de entrega.

La velada continuó entre aplausos y acordes con la participación de destacadas agrupaciones que llevan los nombres de grandes pilares de la trova: Guty Cárdenas, Pepe Domínguez, Pastor Cervera y Armando Manzanero. Con sus interpretaciones, recordaron que la trova no es un eco del pasado, sino una voz vigente que sigue habitando en el alma de Yucatán.

Así transcurrió la noche: entre memorias, guitarras y emociones compartidas. Y mientras las últimas notas se desvanecían en el aire y con una «heladez» inusual en el mes de la primavera, quedó la certeza de que la música —cuando nace del corazón— no conoce el olvido.

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