El complejo mundo evangélico

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as categorías para comprender a la confesión religiosa mayoritaria y sus estructuras tienden a ser transportadas a las iglesias minoritarias. Dicho traslado lo realiza el público en general, pero también analistas y la comentocracia que desconoce singularidades del universo protestante/evangélico mexicano.

El protagonismo y visibilización del evangelicalismo nacional (no evangelismo, como erróneamente se le llama) ha crecido exponencialmente durante el actual gobierno federal por distintas razones que no vamos a detallar aquí. Solamente partimos de la evidencia, la cual apunta hacia la mayor presencia en la arena pública de algunos liderazgos evangélicos que se identifican con los postulados del presidente Andrés Manuel López Obrador. Un equívoco de la comentocracia es adjudicar amplia o total representatividad del universo evangélico/protestante a los líderes que en los meses recientes han sido recibidos en Palacio Nacional, y a quienes se les otorgó buen espacio en la cargada agenda presidencial en Palacio Nacional.

No voy a repetir en este espacio el apretado resumen que hice en otro momento sobre las características del protestantismo que más se desarrolló en la nación mexicana. Aquí va la liga al mencionado resumen (https://www.jornada.com.mx/2019/05 /08/opinion/016a1pol). Nada más menciono que el cambio de paradigma se gestó paulatinamente, a tal punto que el protestantismo lentamente transitó de tener como interlocutor y base de sus acciones a la sociedad civil hacia el objetivo de alcanzar mayores repercusiones apuntando a la arena político-electoral y a las estructuras gubernamentales.

Si el protestantismo/evangélico de antes tenía como principal herramienta la persuasión para lograr la aceptación de su mensaje entre la ciudadanía, y servir a ésta por distintos medios (educativos, de salud, creación de ciudadanos y ciudadanas conscientes de sus derechos y responsabilidades), el neoevangelicalismo busca imponer su entendimiento ético y valorativo a la población en general mediante instancias del Estado. Quiere hacer sentir su peso demográfico, con cifras que por otra parte parecen no tener asidero fáctico, y aspira a que las leyes nieguen derechos a quienes tienen distintos horizontes en cuanto a ética sexual y reproductiva.

Si bien es verdad que predomina el neoevangelicalismo que busca que el Estado sea su aliado en asuntos como los antes apuntados, es una distorsión absolutizar a este sector e invisibilizar a los otros protestantismos. El discurso absolutista que margina o desconoce los matices del protestantismo nacional es el más socorrido por opinantes (no opinólogos, quienes son los estudiosos de las opiniones públicas) y comentócratas, quienes recurren a generalizaciones y hacen afirmaciones facilonas que simplifican las posiciones de un conglomerado diverso y en diversificación.

La histórica posición protestante/evangélica en favor de la laicidad del Estado ha ido mutando en el neoevangelicalismo al grado de concebir a las instancias del Estado como plataformas para adoctrinar a la población y así ganarla para su causa. En esto, sépanlo o no en esas filas, están marginando un principio férreamente defendido por sus antepasados: el de la aceptación voluntaria de un determinado cuerpo doctrinal, sin instrumentalizar imposición alguna. Tal vez sin conocimiento de causa están repitiendo, o buscan replicar (me parece que sin éxito), el modelo constantiniano, consistente en cristianizar a la sociedad con formas impositivas.

Con todo, existen sectores en el protestantismo evangélico mexicano que no comparten el discurso ni las prácticas conquistadoras del neoevangelicalismo. Aquellos sectores siguen firmes en la reivindicación de la laicidad del Estado. La laicidad es buena para el Estado, pero es todavía mejor para las iglesias porque acota la tentación de ejercer el poder o mantenerse muy cercano a él, y las coloca en el espacio que debiera serles natural: el de la sociedad civil, donde no caben prácticas imposicionistas ni avasallantes.

Recurrir a las esferas del poder para ganar espacios en la sociedad pudiera generar protagonismo a quienes han decidido caminar esta senda, pero poco, casi nada, le significará al creciente pueblo protestante/evangélico del país. Uncirse al poder y bendecir su accionar tal vez redunde en logros inmediatos (¿cuántas frecuencias de radio podrán obtener?) y los pocos convidados al banquete van a regodearse por lo conseguido. Mientras, los creyentes de base continuarán difundiendo sus creencias por vías ajenas a las prebendas del poder en turno.

El protestantismo evangélico mexicano es un cosmos con muchas variantes, un abanico amplio y de coloridos matices. Sería trágico que una minoría cuyas raíces fueron creciendo al mismo tiempo que afirmaba su derecho a ser diferente ahora, con el argumento de hacer valer su peso electoral, se afane en ir contra las libertades y derechos de otros.

Carlos Martínez García


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