El porqué de su popularidad

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Los niveles de popularidad de López Obrador no tienen paralelo. No hay medición en la que no le vaya bien; a lo que se suma que en recientes encuestas la aceptación de la sociedad mexicana se incrementa de manera ostensible e inédita; no hay antecedente alguno.

Los ciudadanos venimos huyendo de un pasado que nos tiene en medio de innumerables problemas que nos afecta en nuestra vida diaria. No hay ciudadano que se vea exento de ello, de manera directa o indirecta.

Una razón más está en que el discurso de López Obrador, como candidato y hoy como Presidente, ha sido brutalmente efectivo. Ha logrado permear la idea de que el gran problema del país es su pasado “neoliberal”.

Se entienda o no esta expresión, lo que a la sociedad mexicana le queda claro es que el pasado la condena y que López Obrador juega una especie de salvador y hasta redentor que le va a dar al país un nuevo rumbo.

En estos meses han pasado cosas que vale la pena ponderar. El hecho de que el Presidente viaje en líneas comerciales, por ejemplo, en lugar de convertirse en un problema, como se preveía,  al paso de los días se ha convertido en tema que la gente valora y resalta.

El Presidente se sube al avión como cualquier ciudadano, no molesta y la gente lo ve y lo siente cerca, a diferencia de lo que otros presidentes hacían, los cuales no sólo estaban lejos de la gente sino que también se les veía volando en aviones privados.

Los ciudadanos están encontrando en López Obrador un  personaje que le entra a los problemas sin importar complejidad o riesgo, lo cual se valora porque no los rehúye. La percepción de hombre “valiente” es importante porque es una categoría que no sólo se le reconoce, sino que lo hace ver como defensor de los ciudadanos.

Nunca como ahora López Obrador había sido visto tan cerca de la gente. Sus seguidores lo han hecho uno de ellos en una relación que ningún Presidente, en tiempos recientes, había tenido con los ciudadanos. El Presidente la trata de fortalecer cotidianamente y además busca sacarle el mejor partido. Es por ello que, con buen tacto político, si algo ha tratado de hacer es mantener, con ciertos cambios, las mismas formas que tenía cuando era candidato.

Tiene claro también que en otros tiempos la lejanía entre los políticos y la gente era abismal y traía consecuencias. La cercanía se daba solamente en lugares cerrados, controlados, o en lugares públicos rigurosamente vigilados.

López Obrador leyó muy bien aquello de lo que no debe hacer un político, y más en un país tan dolido y crispado como el nuestro. Ha tomado la decisión de que su punto de partida sea sentir y estar con la gente, quizá por ello ante la crítica no sea receptivo.

Sabe que sin importar lo que se le diga, en cada comunidad que visite va a ser recibido con todo tipo de reconocimientos, vítores y sobre todo cercanía. Éste es su verdadero termómetro de cómo lo ven y quizá de cómo está haciendo las cosas.

Dos elementos son de llamar la atención. Por un lado está la forma en que López Obrador se asume ante la sociedad, llega a ser algo cercano, una especie de redentor. Por otro lado, está el cómo lo está viendo la gente, en donde si bien hay de todo, prevalece por mucho una mirada paternal, que a menudo raya en el fanatismo.

¿Cuánto va a durar todo esto? Somos de la idea de que mucho tiempo. El gran problema para López Obrador es qué va a acabar haciendo con todo esto y cómo lo va a canalizar, la terca realidad ya empieza a asomarse.

La popularidad es multifactorial, pero de que venimos del hartazgo,  no cabe la menor duda.

RESQUICIOS.

Pocos momentos en el futbol tan recordados como la extraordinaria parada del inglés Gordon Banks al cabezazo, el cual parecía fulminante, de Pelé en el Jalisco, en el Mundial del 70. Fue un instante en que los que lo vimos sabíamos que estábamos ante un pasaje único del juego. Ayer murió Gordon Banks y creció la historia.


Javier Solórzano

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