“El año de la peste” en el primer año del coronavirus

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Creo que pensamos en Hollywood como el lugar donde se producen películas sobre catástrofes, pero otras cinematografías también incurren en el género. En 1978 el mexicano Felipe Cazals dirigió El año de la peste, basada en la novela del inglés Daniel Defoe Diario del año de la peste (1722). Cazals es uno de los cineastas que, tras haber comenzado sus carreras años antes, destacaron en los setenta. En ese tiempo hubo financiamiento gubernamental al cine, durante la administración del presidente Luis Echeverría, un populista ególatra. Desde entonces, a Cazals se le considera uno de los “maestros” del cine nacional.

La crítica de cine puede, y acaso debe, hacer revisiones de los prestigios establecidos. En el caso de El año de la peste, sólo desde la distorsión se podría afirmar que se trata de una película significativa. Sin referirme al conjunto de su obra, este filme de Cazals tiene interés básicamente como parte de la historia del cine mexicano y como fuente histórica. Esto no tiene que ver con recursos técnicos o económicos, sino con carencias de imaginación audiovisual y artística. No se trata de pedirle peras al olmo: la película de Cazals deja expectativas incumplidas, incluso de cohesión narrativa. Los créditos de la parte literaria y los diálogos, por ejemplo, llevarían a suponer palabras efectivas. La adaptación se debe a Gabriel García Márquez y en el guion colaboró con él Juan Arturo Brennan, y los diálogos los trabajaron ambos con el escritor José Agustín. Sin embargo, en las voces de El año de la peste hay una grave falta de naturalidad y, con demasiada frecuencia, son retahílas de datos que generan la historia. Esto se acentúa por el doblaje de voces, entre el desconcierto de la falta de sonido ambiental, que llega a ser silencio incoherente. Las condiciones técnicas no son explicación suficiente: faltó crear una realidad cinematográfica.

Los equipos de protección personal imaginados en El año de la peste. Fotograma de la película.

Si se ve El año de la peste como documento histórico, la relación entre hombres y mujeres se revela ridícula —además de ofensiva según estándares actuales. Hay imágenes que muestran a una secretaria que tiene que colgar y descolgar el teléfono para un médico, quien está a la misma distancia del auricular que ella. Una reportera expresa que para entrevistar a alguien tendría que acostarse con él, a lo que su jefe responde: “Para eso te pagamos”. Podría buscarse una denuncia del machismo en estas escenas, pero esta sería una lectura que reflejaría más las expectativas del crítico —algo semejante ocurriría al seleccionar elementos para hacer de esta una cinta en que se enfrentarían superstición e ilustración. En El año de la peste, lo socialmente normal, lo que eligió el director —probablemente definido por su época—, fue mostrar que una joven estudiante elogiaría la apariencia de un médico, hombre maduro —con un cuerpo que hoy ni siquiera pasaría por esbelto, mucho menos atractivo— al que ella prácticamente rogaría por sus besos, además de convertirse en su amante. La infidelidad marital del médico no genera conflicto alguno. Así, lo que hacía la cinta de Cazals era documentar prácticas sociales.

El cartel de El año de la peste.

El argumento de El año de la peste puede resumirse con facilidad: aparece una enfermedad que extraña a los médicos, se conducen algunas indagaciones, sólo algunos reconocen que se trata de una epidemia, las autoridades titubean entre, por una parte, la responsabilidad de no generar pánico, las afectaciones económicas que supondría el tomar medidas, la inconveniencia política de la coerción y, por otra parte, sencillamente negar la presencia del brote epidémico, mientras se acumulan los muertos. Atribuir anticipación, o hasta carácter premonitorio, a una película como esta es arbitrario: desde la ciencia se sabía por décadas que ocurriría una pandemia de orden respiratorio, como la de este filme. En El año de la peste faltó o no se manejó adecuadamente la investigación realizada, como en la falsedad histórica de que en ese momento las condiciones sanitarias habrían sido “peores” que en el pasado. No hubo un ejercicio de imaginación sobre qué significaría vivir una epidemia. El objetivo de Cazals era distinto: la peste como mecanismo para aludir a un gobierno que tergiversaría los hechos y, principalmente, a la decisión presidencial de ocultarlos.

La espuma desinfectante amarilla. Fotograma de El año de la peste.

La enunciación de un problema político real no da carácter político a una obra artística. Al final de la película se anota que oficialmente se habría atribuido la culpa a un producto de “un consorcio farmacéutico transnacional”, resumiendo con ello la manipulación gubernamental. Con El año de la peste sucede algo afín a lo expresado por Mario Vargas Llosa cuando describió a México como la “dictadura perfecta”. El novelista se refería a que los mandatarios mexicanos financiaban artistas para que en sus obras criticaran al gobierno y con ello simular un país democrático. Yo agregaría: ese régimen subsidiaba consignas y lugares comunes que eran asumidos como posturas críticas por la oposición, pero que no hacían mella alguna al sistema. Muchas de las cintas del periodo echeverrista ni siquiera llegaron a las pantallas, las que lo hicieron en general se vieron muy poco. ¿Podía ser audaz representar a un presidente como lo hizo Cazals? Quizá, pero esto ocurrió en la contradicción de que El año de la peste fue autorizada burocráticamente, a través del organismo entonces llamado Conacite Dos. He escrito, entonces, que esta película sólo puede ser elogiada desde la deferencia y que no es efectiva políticamente. Pero, acaso por carambola, pueda motivar en nuestros días una reflexión pertinente: ¿qué es más perverso: políticos que quieren esconder la realidad o gobernantes que conocen los riesgos de una situación, minimizan los hechos y ponen en peligro a la población que aseguran proteger? ¿O la mayor perversidad es decidir no generar información confiable y negar la tragedia inconmensurable?

El año de la peste se encuentra disponible en la plataforma Filminlatino.

Germán Martínez Martínez

culturalcritic@gmail.com

Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

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