La civil o la escasa imaginación

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El cine mexicano cuenta ya con una tradición de cintas que tocan el tema de la violencia asociada al crimen organizado, principalmente ligado al narcotráfico. Ahora se une a la lista, La civil (2021), primer largometraje de ficción dirigido por Teodora Ana Mihai, de origen rumano y residente en Bélgica. En sus primeros segundos, La civil alerta sobre México como un paraíso ilusorio. La alteración de la vida cotidiana en un pueblo se sintetiza en la peligrosa presencia de militares y en que una tortillería se encuentre cerrada.

La trama de La civil aborda el secuestro de una joven y su búsqueda por su madre.
El profesionalismo de la película puede expresarse en que involucra en su producción —entre varios más— al director mexicano Michel Franco y los cineastas belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne. Independientemente de la nacionalidad de su directora y del dinero de la producción, La civil es parte del cine mexicano, como lo demuestra su apabullante convencionalidad. Esto no es sólo cuestión de localización, tema y reparto. También tiene que ver con su factura, que probablemente parte de tareas que, siendo arduas, no son lo mismo que una investigación minuciosa —el resultado en pantalla no va más allá de lo que conoce cualquiera que oye noticias radiales ocasionalmente— y se inscribe en la ola de relatos audiovisuales en que mujeres se convierten en heroínas. Cuando faltan la creatividad y la individualidad, la mimetización puede ser cabal.

El actor Álvaro Guerrero interpreta a Gustavo, padre de la víctima.

La película es protagonizada por Arcelia Ramírez en el papel de Cielo.
Que La civil esté inspirada en hechos, no la hace más realista, aunque eso dé materia para su promoción y sea naturalista. Es curioso que en un medio —el de los creadores audiovisuales mexicanos— en que se dice se valoran las “buenas historias”, predominen relatos absurdos o que descansan sólo en temas de actualidad y urgencia social. La civil cuenta la búsqueda que una madre hace de su hija secuestrada, en el marco de la inacción policiaca, complicidades, y contando, desde algún momento, con la ayuda de militares, que se exceden en sus funciones. Si bien el argumento seguramente refleja muchos casos, su transformación cinematográfica tiene incongruencias: un coche que arde sin preocupación por el tanque de gasolina o el sinsentido de seguir a un peatón desde un automóvil y pasar desapercibido. Quizá inadvertidamente, la directora Mihai se involucró en un juego político al presentar —en segundo plano— propaganda ficticia de partidos políticos opositores —PRI y PAN— prometiendo cambio en pintas sobre paredes. No debe haber temas prohibidos, pero puede irse más allá de aceptar que sería obligatorio tratar asuntos que podrían abordarse de maneras más originales, por ejemplo, explorando la corresponsabilidad en la violencia por el consumo de drogas.

Cartel de la película de la directora Teodora Ana Mihai.
Aunque hay un destello de ingenio verbal cuando se dice: “De tal hija, tal madre”, los diálogos son poco naturales por falta de oído e inventiva verbal. De manera semejante, la de la protagonista es la típica casa del cine mexicano, es decir la que imagina la gente de cine; además de decoraciones, en otro lugar, con un guiño para su propia comunidad audiovisual: un Cristo kitsch de múltiples rostros. La fotografía es solo narrativa. El reparto principal está compuesto por figuras familiares para el gran público: Arcelia Ramírez interpreta a Cielo y Álvaro Guerrero a Gustavo. Guerrero, como acostumbra —en escena o en pantalla—, hace descansar su actuación en un énfasis excesivo, poco convincente. Quizá lo importante es la presencia detestable que sus personajes provocan. La directora, acaso por alguna barrera lingüística, no llevó a ambos actores más allá de lo que están acostumbrados en medios mexicanos: la emoción como gesticulación —que se supone cualquiera entiende— y la falta de trabajo corporal evidenciado en movimientos teatrales —en el peor sentido— al usar una pala y levantar una maleta. Desplegar talento pasa por superar las convenciones.

El de Mihai es un producto que muestra habilidades como introducir elementos documentales —un muro cubierto de carteles sobre desaparecidos, probablemente reales— y también el giro en la trama de la denuncia a lo policiaco, pero no escapa a patrones conocidos. El inconveniente es que el problema deja de serlo por permanecer en lo tópico: La civil presenta un tema, sin acercar al público a su experiencia. Que Cielo viva para buscar a su hija —circunstancia que es realidad para las víctimas— en la película se vuelve, al menos por un trecho, insustentable. La espera desesperada, los gritos —“Mi hija”—, visualizar decapitados y hasta frases emocionales —“Se imagina lo que van a sentir sus mamás de verlas así”— pierden fuerza por no sustentarse en el pequeño universo del filme, sino en la indignación previa que se espera del público. El agravio social que pretende representar lleva a cualquiera —siempre que no sea psicópata— a desear que a nadie le ocurra algo semejante. No obstante, la especificidad del cine no está en lo moral o en cerrar una historia con imágenes de plantas, cielo y paisaje; ni en un final ambiguo.

Cielo y Gustavo buscan a su hija, después de pagar rescates que resultan inútiles.
Predomina la superstición de que los mexicanos tendríamos que “apoyar” al cine nacional. Algunos personajes del medio defienden la posición arguyendo que es necesario que el cine nos refleje, que nos dé una idea de quiénes somos. Esto es falso: el proceso identitario se realiza con o sin representación audiovisual, el cine no es un elemento indispensable —salvo que se le vea como propaganda a favor de una causa preestablecida—, además no hay un solo México, sino pluralidad de historias y maneras de vivir. A las desapariciones y el crimen organizado, esta cinta agrega cuestiones de género como la violencia presente en las telenovelas, o que la joven secuestrada haya sido consciente de su sexualidad, que alrededor de su desaparición otra mujer diga que “Tarde o temprano se iba a meter en problemas” y que Gustavo afirme que Cielo y el amigo —o novio— de la secuestrada tienen “la culpa”, por haberla “dejado salir”. La civil trata facetas graves de la persistente inseguridad en el país, pero eso no la justifica como pieza cinematográfica. No hay obligación alguna de disfrutar La civil como película ni de imaginar que promueve alguna reflexión: una persona nacida en México no tiene por qué sentirse forzada a halagar la cultura nacional.

Germán Martínez Martínez
culturalcritic@gmail.com
Escritor. Fue director artístico del DLA Film Festival de Londres y editor de Foreign Policy Edición Mexicana. Doctor en teoría política.

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