¿Son como los otros?

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Son muchas las razones por las cuales el Presidente y su gobierno insisten en que “no somos como los otros”. Se trata no solamente de que se les vea diferentes, sino también tener un frente para señalar al fustigado pasado como instrumento de la gobernabilidad.

El discurso de López Obrador ha sido consistente desde siempre con su crítica al pasado, él mismo no se ve como parte de ello, a pesar de su militancia priista, la cual ha optado por borrarla de su historial.

Como estrategia no hay duda que es efectiva. Parte del supuesto de que recordarle cotidianamente a la sociedad de lo que venimos le sirve en el camino para justificar las limitantes del presente. La narrativa pasa por la idea de que el pasado ha sido una limitante para la “construcción de la transformación”.

Sin embargo, a menudo las cosas adquieren una dimensión distinta de lo que plantea el Presidente. Hemos insistido en el gran problema que significa que el tabasqueño esté siendo alcanzado por la terca realidad, lo cual en el balance final podría paradójicamente colocarlo en un sentido más “como los otros”.

Los resultados de su gobierno pueden llevarlo por este camino que tanto se repudia. El discurso adquiere sentido en la medida que tiene que ver con lo que vive una sociedad, lo contrario provoca que tarde que temprano vaya dejando de tener vigencia, valor y empiece a verse y sentirse vacío para los ciudadanos. El Presidente mantiene una popularidad incuestionable, marcada en buena medida porque sigue teniendo como una de sus grandes pasiones la esperanza que genera en la mayoría de la población.

Con el asunto de la “traición a la patria” se ha dado una narrativa en la que para hablar del tema se justifica con lo sucedido en el pasado. Se apela a él con frecuencia para denunciar la forma en que antes se actuaba, en algún sentido ponen en evidencia al pasado para explicar el porqué de su actitud.

El problema es que justifican con el pasado su actuar, siendo que a menudo actúan de manera similar a ese fustigado pasado. Tratan de explicar sus estrategias actuando en muchos casos como denuncian que se actuaba anteriormente.

Estos días se han dicho muchas cosas que recuerdan cómo se trataba a la oposición en décadas anteriores. En lugar de construir nuevas formas en la relación política repiten viejos vicios al señalar a la oposición por tener una visión de las cosas diferente, igual que en otro tiempo lo hizo el PRI con quienes tenían visiones diferentes en votaciones en el Congreso; el PAN en sus muy confusos 12 años no estuvo ajeno a estas prácticas.

Es un sinsentido colocar al límite las cosas, porque al final entramos en los terrenos en que se impone una mirada unilateral en la forma de ver la vida del país. El Presidente y Morena se asumen como la encarnación de la patria como si en las sociedades modernas no prevalecieran formas múltiples de abordar las problemáticas del país. La pluralidad es esencia de la democracia, imponer acerca a los siempre peligrosos espacios del autoritarismo.

El ser mayoría no ofrece en automático la imposición ni colocarse como jueces bajo la idea de una suerte de “castigo” por pensar diferente sin importar el asunto del que se trate. Por lo que se va viendo están utilizando estrategias que se supondría estarían erradicadas en tiempos de la democracia como forma de vida.

La complejidad del tiempo que estamos viviendo debe obligar a que en medio de nuestras plausibles diferencias encontramos caminos de aliento a la pluralidad en el que no se ande acusando a nadie por pensar diferente.

Parafraseando a José Emilio Pacheco, no vaya a ser que al gobierno se le aplique aquello de terminar siendo lo que nunca quisimos ser.

RESQUICIOS.

Le va a resultar un problema mayor al Presidente seguir optando por tomar distancia en el megalío que se traen Alejandro Gertz y Julio Scherer. La razón es que, más allá de personalidades, la esencia del conflicto tiene que ver con su gobierno.

 Javier Solórzano

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