Tortura legal

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México es una indiscutible potencia de los trámites. Lo complicado no es hacer un trabajo, sino presentar los documentos para hacerlo.
La eficacia de un país se mide por la celeridad con que se pueden hacer las cosas. En Corea del Sur, el papeleo para fundar una empresa no dura más de tres días y en España basta entregar un papel firmado para que eso califique como recibo de honorarios.
Bastión de la desconfianza, México exige numerosos requisitos para hacer un cobro. ¿Nos vuelve esto más confiables? Por supuesto que no, pues hay negocios especializados en la falsificación de documentos, coyotes que “suavizan” el acceso a las ventanillas, empleados que se equivocan de sello y arruinan el procedimiento.
Nuestra relación con las dependencias oficiales es tan inescrutable como las experiencias místicas. Acabo de recibir una notificación del SAT por un “crédito” pendiente. La palabra me pareció positiva, pero se trata de una multa. Tengo un adeudo por algo que debí haber pagado en 2011, un cargo menor pero misterioso. Durante siete años hice una declaración anual y doce mensuales sin que aflorara ese asunto. Puedo inconformarme o pagar la multa. Optaré por lo más sencillo: pagar sin saber por qué. Así son las religiones.
¿Tiene caso hablar de esto? Sí, para ayudar a los historiadores del porvenir. Hace un par de años, Jorge García López publicó Cervantes: la figura en el tapiz, biografía en la que aporta importantes datos extraídos de archivos de notarías. Un testamento, una com- praventa o una demanda son trámites duros de leer pero que informan sobre las condiciones de vida de una época. En el futuro se sabrá lo mucho que sufrimos.
¿Qué se puede esperar de una actividad que obliga a ir a una dependencia dos horas antes de que abran la puerta para “ganar lugar” y a resistir la espera desayunando torta de tamal?
La tragedia se agrava con in- ternet, que nos convierte en esclavos de nosotros mismos. Como supuestamente es sencillo mandar cosas por correo electrónico, nos la pasamos imprimiendo, escaneando y enviando documentos.
Pongo un ejemplo reciente de tortura. Una universidad pública me invitó a dar una conferencia sobre un autor que admiro mucho. No es la primera vez que colaboro con esa institución, en la que tengo amigos y una pariente cercana sin que eso me califique como gente de confianza. Una lec- ción de la crueldad burocrática: los antecedentes no existen.
Si me fueran a contratar para trabajar ahí hasta mi jubilación, entendería que me solicitaran más papeles que en otras oca- siones. Agradezco al piadoso lector que me acompañe a revisar lo que me piden para dar una sola conferencia:
· Ficha Única de Identificación Personal (se adjunta formato)
· Una fotografía a color o blan- co y negro
· Acta de nacimiento original que incluya la CURP
· Copia de la CURP (Clave Única de Identificación Personal)
· Copia clara del RFC
· Copia clara de su identificación oficial
· Copia clara de su comprobante de domicilio
· Copia clara del último grado de estudios por ambos lados y cédula
· Copia de su número de afiliación al IMSS
· Currículum actualizado
· Alta ante Hacienda con la actividad de servicios profesionales independientes
· Carta dirigida en la que se señale que los honorarios percibidos por parte de la Universidad no son su única fuente de ingresos
· Copia de la última declara- ción anual de impuestos ante el SAT
La lista desemboca en una amable frase: “Cualquier duda quedo a sus órdenes”. Claro que tengo una duda: ¿En qué país vivo? ¿Hay otro donde se considere racional cumplir estos requisitos para dar una charla?
Dejo a los hermeneutas del futuro averiguar por qué piden copia “clara” del RFC pero no de la CURP. Otra extravagancia: la Universidad solicita mi cédula profesional y mi currículum actualizado. Uno pensaría que, si te invitan a hablar de un novelista, saben quién eres. ¿Sirve de algo que presente mi diploma, que no es de Letras, sino de Sociología?
Daré la conferencia gratis, a no ser que eso me lleve a llenar formularios de “donación” en la Universidad.
La burocracia mexicana es tan persecutoria que el único trámite aceptable es el que no hace- mos nosotros: el acta de defunción.

Juan Villoro

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