Lecciones de The Americans

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Este jueves 24 de febrero, Joe Biden dijo a la prensa que Putin quiere reconstituir la Unión Soviética. Lo vengo señalando desde que Putin desplazó a Yeltsin en la presidencia de la Federación de Rusia. Habría que precisar que Vlad no quieren reconstruir la URSS, sino el imperio de los Románov. En esa meta, dominar Ucrania es fundamental.

Y, al igual que Hitler con los sudetes o la anexión austriaca, el nativo de Leningrado construyó un cuento en el que Ucrania es una extremidad de Rusia que nunca debió separarse de su cuerpo. En un texto del 12 de julio de 2021, Putin sostuvo que ucranianos y rusos están históricamente unidos. Como en todo buen mito, hay partes que son ciertas, mismas que dan fuerza a las que son falsas. Los ucranianos podrían refutar el discurso putiniano alegando que, en realidad, Rusia nace en Kiev y que les corresponde el señorío sobre Moscú. El tema es que, en este caso, la historia es un pretexto del poder y no una fuente de razones. El único argumento real de Putin usa uranio enriquecido y mide su fuerza en megatones.

¿Cómo llegamos a la antesala de una tercera guerra mundial, con un autócrata que simplemente avanza, porque tiene un arsenal nuclear que inhibe cualquier respuesta frontal?

Putin no es un político normal. Ni por formación, ni por perspectiva. Agente de campo de la KGB (y, al paso del tiempo, director de su sucesor, el FSB), Vladimir se parece más a los adversarios de James Bond que a un burócrata hipócrita, codicioso e inepto, como los que pululan en los gobiernos de todos los países autoritarios o democracias deficientes (como la mexicana, que ahora se visualiza como régimen híbrido).

El perfil de Vladimir Putin se asemeja al de Philip Jennings, el infiltrado ruso de la serie The Americans, que finge ser estadounidense para realizar operativos en el país de Jefferson y el pay de manzana: circula en las redes una foto en la que un turista rubio se acerca a Reagan, durante un recorrido por la Plaza Roja de Moscú, el sujeto se parece mucho a Putin, aunque el Kremlin niega que sea él. Quizá sea alguien más, pero, en los ochenta, Vladimir no se dedicaba a comer papas fritas y beber Baikal, su adscripción estaba en Dresde, en plena Alemania Oriental, donde la KGB cuidaba que los locales no huyeran del socialismo. La mente de un espía soviético tiene prioridades y una moral muy distinta a la de las personas comunes: están dispuestos a cualquier medio para lograr sus objetivos. Y eso es precisamente lo que está haciendo Putin, si en el proceso arriesga una guerra global, poco le importa. De ahí el cinismo y la prepotencia, incluso en la propaganda: sostener que su invasión busca “desmilitarizar y desnazificar Ucrania” es la cúspide del descaro de un tirano desvergonzado.

© REUTERS / Pool

Por ello, no debe dejar de señalarse que amplios sectores de la 4T han salido a atacar a Biden y justificar la invasión rusa. No voy a engrandecer irrelevantes citándolos, en las redes sociales pululan. El mismo presidente López dio el miércoles una respuesta tibia, escudándose en su convenenciera interpretación de la Doctrina Estrada. Sin duda que las presiones externas fueron muy fuertes para que Ebrard saliera, tarde, a “condenar enérgicamente la invasión” rusa. No obstante, los cuatroteros siguen en su diatriba rusófila, digna de los momentos más penosos de Rius.

Pero, al igual que en The Americans, el fenómeno es culpa de la pasividad de los occidentales. Toleramos que Rusia nos enjaretara un mecanismo de propaganda como RT, que sus empleados distribuyeran falacias en redes sociales, apareciendo como periodistas o analistas, les permitimos hacer guerra informática en las elecciones (pasó en Estados Unidos y aquí en México, aunque la progresía lo niegue), tratamos con displicencia las anexiones de Crimea y Sebastopol, hace ocho años, con la misma indiferencia con la que los ingleses buscaron apaciguar los reclamos de Hitler. El opresor ruso creció porque el mundo volvió a hacer un Chamberlain, 83 años después. Diría el poeta José Alfredo Jiménez: nada les han enseñado los años, caen en los mismos errores.

Termino de escribir este texto a la una y media de la mañana del viernes 25 de febrero, El País reporta fuertes explosiones en Kiev, es cuestión de horas que la ciudad caiga. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, dio un mensaje que recuerda la inscripción dantesca en la puerta del infierno: “Estamos abandonados a nuestra suerte en defensa de nuestro estado. ¿Quién está listo para luchar junto con nosotros? Honestamente, no veo a nadie”.

Pierdan toda esperanza, aquellos que están en Ucrania. Qué vergüenza para occidente.

Más allá de los votos que hacemos porque se logre la paz y se restituya la integridad soberana de Ucrania, urge tener presente que, en México, los adeptos del oficialismo están del lado de Rusia. Ese sí es un peligro para México, uno el que deben rendir cuentas sus autores. No rebaja la gravedad del asunto que sean estúpidos o ignorantes: frente a una crisis humanitaria, se han puesto del lado de los agresores. Sus faltas ya no se encuadran en la torpeza política, son criminales y así deben ser tratadas

 

 

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