Los dos amigos

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Rusia y China parecen ser muy buenos amigos. Ambas naciones proclamaron su amistad “sin límites” en una declaración publicada poco antes de iniciarse los pasados Juegos Olímpicos de Invierno en Pekín. De hecho, algunos observadores ven la guerra actual en Ucrania como el primer episodio de una nueva Guerra Fría que enfrenta a dos bloques de poder, y nos dicen que como en el pasado hoy se enfrentan dos distintos sistemas económicos pero, sobre todo, dos ideologías. La nueva batalla es entre la democracia y el autoritarismo y entre la economía orientada al mercado y la centrada en el Estado. Pero este punto de vista pasa por alto que, en realidad, China y Rusia hoy tienen sistemas políticos y economías muy diferentes entre sí. Cierto, ambas naciones tienen regímenes autoritarios, pero China es un Estado de partido único que gobierna a nombre del pueblo mediante un andamiaje esencialmente meritocrático y Rusia es una dictadura dirigida por un megalómano rodeado de cleptómanos que se disfraza de democracia. Y aunque ambas economías están cada vez más controladas por el gobierno, ello no garantiza ninguna consensualidad. Las economías dirigidas por el Estado suelen ser menos compatibles entre sí que las capitalistas. Pero, por encima de todo, Rusia y China tienen visiones del mundo profundamente distintas.

Más que un episodio de una guerra entre bloques, la invasión de Ucrania es la primera prueba de fuego para el eje Rusia-China. Moscú pretende desestabilizar a Occidente sembrando el caos e ignorando las normas internacionales. Pekín también rechaza el liderazgo occidental, pero no busca destruir el sistema sino crear nuevas reglas que le sean más favorables. Por eso la entrada de tropas rusas en Ucrania ha dejado a China en una posición contradictoria: apoya a Putin de dientes para afuera, pero también defiende los principios de soberanía nacional y de estabilidad internacional. A Pekín le incomoda esta absurda guerra porque teme que malogre su imagen global y perjudique sus relaciones económicas con Occidente. También China enfrenta a sus propios movimientos separatistas en el Tíbet, Taiwán y Xinjiang, por eso rechaza frontalmente el llamado “derecho de autodeterminación” de territorios que pretenden escindirse de determinados países. Por eso el Gobierno chino evitó reconocer la anexión rusa de Crimea en 2014. Y pese a que Pekín condenó entonces las sanciones europeas y estadounidenses aplicadas a Moscú, por lo general los bancos chinos respetaron estas restricciones y evitar, así, ser aislados del mercado financiero estadounidense y del sistema bancario internacional.

Es cierto que Rusia y China han estrechado su relación económica y comercial, pero Pekín exporta casi 10 veces más e importa el triple a y de la Unión Europea y Estados Unidos que a y de Rusia. Por eso China podría empezar a reconsiderar su apoyo a Rusia. En principio Pekín ve con simpatía cualquier problema que Moscú le provoque a Occidente, pero la situación se está saliendo de control y eso preocupa a Xi Jinping. En cuanto a los objetivos geoestratégicos de ambas potencias ,es cierto que existen coincidencias, pero también contraposiciones. Rusia y China se oponen al liderazgo ideológico de Occidente y en particular reprueban los valores liberales promovidos por europeos y americanos. Militarmente, ambos desconfían de la presencia americana en el flanco oeste de Rusia y en el mar Meridional de China. Pero ahí acaba su alineamiento. Los dos “amigos” tienen intereses encontrados en Asía central donde, de momento, coexisten de manera pacífica, pero es una situación condenada a cambiar. Asimismo, Rusia se resiste a dar entrada a China al Ártico. Existe una fuerte cooperación militar, pero es claramente asimétrica. China importa armamento ruso y las potencias han iniciado un proyecto conjunto de desarrollo armamentístico. También ambas fuerzas militares ejecutan ejercicios bilaterales, así como patrullas navales conjuntas. Ambos Ejércitos mantienen además una comunicación estratégica entre jefes militares. Pero esta cooperación dista mucho de ser una alianza militar como la OTAN o las ligas de Washington con Japón, Australia o Corea, por ejemplo. El eje de los dos amigos carece de profundidad estratégica y operativa debido también a la aversión china al aventurismo militar que tanto gusta a Vladimir Putin. Xi también considera que apoyar a Rusia en la guerra en Ucrania afecte la imagen de China entre los países en desarrollo, territorios donde Pekín quiere mostrarse como un socio económico confiable. El presidente chino lleva años tratando de proyectar que China es una fuerza benévola en el mundo.

En resumen: China pugna por una economía global estable que le permita seguir creciendo. Su modelo de gobierno se basa en la capacidad del Partido Comunista de proveer progreso a la población, porque de lo contrario peligra la legitimidad y sostenibilidad del sistema. Xi es consciente de que gracias a la integración comercial China es una gran potencia. También sabe que el tiempo corre a su favor. Su visión de convertir a China en el país más poderoso del mundo es a largo plazo. Para ello necesita tiempo y un entorno global favorable. Un mundo dividido en bloques, sin reglas globales y con alta inestabilidad frenaría esta ambición. Por todas estas razones el eje sino-ruso es más débil de lo que muchos en Occidente suponen. Por eso no parece haber argumentos racionales suficientes para supones que China terminará por apoyar militarmente a Rusia en la guerra de Ucrania, pero si hay algo caprichoso en este mundo es el devenir de la historia. Hoy los ritmos de la política internacional la marcan los “hombres fuertes”, los dictadores megalómanos, y cuando se trata de ellos la razón no siempre se impone.

Pedro Arturo Aguirre

pedro.arturo@icloud.com

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