Como cada año a partir de 2015, el Caribe mexicano se ve afectado por el arribo de miles de toneladas de sargazo que cubren las playas hasta el punto de volver impracticable la actividad turística. En marzo pasado, el Laboratorio de Oceanografía Óptica de la Universidad del Sur de Florida y la NASA anticiparon que este año podría traer consigo la peor temporada de sargazo en la zona debido a que la acumulación de la macroalga en el Atlántico mostraba niveles superiores en 75 por ciento a los valores históricos observados entre 2011 y 2025. En efecto, sectores como Tulum se encuentran rebasados por una llegada del doble del organismo de lo que suelen afrontar, lo que genera una caída de hasta 60 por ciento en las ventas de los negocios costeros y ya ha provocado cierres temporales o definitivos de varias empresas.
En respuesta, el gobierno federal anunció un plan integral de contención del sargazo, el cual se coordinará con la iniciativa privada. Los principales ejes de este programa serán la recolección en el mar mediante la adquisición de más buques sargaceros, que se sumarán a las acciones que ya lleva a cabo la Secretaría de Marina, y el traslado del alga a un centro donde pueda ser reciclada y utilizada en algunas actividades económicas, ya sea producción de energía, materiales para construcción u otras posibilidades.
Más allá del éxito que cabe desearle a la nueva iniciativa que presenten las autoridades y el empresariado, es preciso entender que el volumen del sargazo es tan grande –con fluctuaciones estacionales que han rebasado los 20 millones de toneladas– que los costos de recolectarlo resultan simplemente prohibitivos, pues se estiman en cientos de millones de dólares anuales. Incluso con un presupuesto ilimitado persisten cuestiones logísticas insolubles, como la de dónde colocar el alga una vez recolectada. No existe un área abierta de las dimensiones necesarias, además de que el vertedero sería rechazado por las comunidades debido a la peste y los gases potencialmente tóxicos que el sargazo libera al pudrirse.
En cuanto al aprovechamiento comercial de esta enorme cantidad de biomasa, hasta ahora ninguna idea ha podido concretarse debido a factores naturales y logísticos. En su ciclo de vida, el sargazo del Caribe absorbe altas concentraciones de metales pesados que lo vuelven inviable e ilegal para su uso en alimentos para animales o como fertilizante agrícola sin un proceso de refinación química prohibitivamente caro. El alga fresca es pesada por su contenido de agua, por lo que antes de transportarla debe secarse, lo cual requiere extensiones de tierra masivas o un gasto energético inmenso, lo que destruye el margen de ganancia de cualquier producto derivado. Si se superasen estos desafíos, quedaría la cuestión de garantizar una cadena de suministro constante a los interesados en usar como materia prima un alga de disponibilidad impredecible.
Ante estas realidades, es ineludible comprender que el sargazo sólo dejará de ser un problema cuando se aborden las causas que llevaron a su crecimiento descontrolado y al desvío de sus rutas típicas. La presencia del alga en el Atlántico tropical es conocida desde el primer viaje de Cristóbal Colón a América en 1492, pero se volvió conflictiva en este siglo debido, entre otros factores, a la combinación de agroindustria depredadora y cambio climático. La deforestación de la Amazonia y la Orinoquia para abrir espacio a la ganadería y los monocultivos destinados a la exportación provoca el vertido masivo de fertilizantes sintéticos al Atlántico. Esta inyección masiva de nitrógeno y fósforo actúa como un “esteroide” biológico para el sargazo flotante, y además llega al mismo tiempo en que el calentamiento del mar acelera el metabolismo y la tasa de división celular del alga, permitiendo que la biomasa se duplique en menos de 20 días. El aumento en la temperatura del agua marina debilita ciertas corrientes atlánticas, por lo que el sargazo es dirigido al Caribe en lugar de dispersarse hacia el Mar de los Sargazos tradicional, en el Atlántico Norte.
En la medida en que se sigan vertiendo al océano fertilizantes artificiales y el calentamiento global pase factura a los mares, cualquier esfuerzo de manejo del alga será un parche, no una solución. Expresarlo así no es un llamado al derrotismo; por el contrario, debe tomarse como una invitación a cobrar conciencia acerca de la urgencia de revertir el cambio climático y adoptar formas sustentables de producción.
Editorial La Jornada



