Anaya y el taco

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La nueva gira culinaria de Anaya por la república confirma que el obradorismo ya dejó escuela. Claro que pueblear por México no es exclusivo de López, pero en Anaya se entrevé una imitación que, además de postiza, es una admisión de culpa.

Consiste en conceder que la causa del populismo es la lejanía de las élites. ¿La solución? Pueblear y comer garnachas… como hace el populista que acusa.

Dice la fórmula que hay que estar cerca de la gente. ¿Pero qué quiere decir eso? ¿De veras así se puede asir el sentir popular? Y en dado caso: ¿Exactamente qué idea de país resulta? A todas luces una muy limitada. El demagogo recorrió cada pueblito durante 20 años y es el peor gobernante (bajo cualquier parámetro objetivo) en la historia moderna de México.

Vampipe

Supongamos, entonces, que lo de Anaya es sólo una mueca teatral. Una fingida, pero válida en política. Bien, pues mayor señal aún de que el obradorismo habría trascendido. Si con ella Anaya no llega a ningún lado, habría caído en la trampa. Pero si gana, la receta parecería requisito.

Y esa es la cercanía indeseable, primero porque es demasiado superficial y no garantiza nada (como demuestra este gobierno), pero también porque consiste en una intrusión del gobernante.

El populismo es esa proximidad que destruye a los verdaderos mecanismos de intermediación impersonales: las instituciones. Lo que el pueblo en el fondo necesita es que esos mecanismos atiendan sus demandas. Lo demás es intromisión.

La ilusión no sólo viene de los gobernantes, desde luego. El pueblo también cree que existe una correa de transmisión hasta el líder, como si bastara una súplica para arreglar un bache.

Con todo, sí hay una cercanía deseable y sustancial, si a esas nos vamos. La ley podría obligar a los gobernantes a usar los servicios públicos: hospitales, transporte, centros recreativos, escuelas, guarderías, sin excepción. Eso generaría un vínculo mucho más sólido y menos efímero que un taco en una fonda. Y sería lo justo.

Sirva de solicitud al propio Anaya: que tome la delantera con su ejemplo. Al obradorismo no hay que darle adeptos sino opositores.

Pablo Majluf

pamajluf@gmail.com

Periodista.

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