jueves, febrero 29, 2024

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Migrantes quemados: ¿fue el Estado?

Casi 40 personas migrantes murieron quemadas en una estación/cárcel especial del gobierno federal. Exhibieron su miseria vomitiva Epigmenio Ibarra, el padrecito Solalinde, Pedro Miguel, Ignacio Rodríguez “el chapucero” y muchos más. La académica Leticia Calderón Chelius exhibió su ignorancia obradorista. Lo normal para la “intelectualidad” presidencialista. También, como siempre, hay que decirlo, una parte de la crítica ha sido crítica que no entiende bien o por completo lo que critica. Esa parte opositora y el oficialismo se tocan: unos dicen defender a AMLO porque hace lo que no hace la derecha y los otros dicen oponerse al presidente porque hace lo que hace la izquierda. Pero la realidad es que la política migratoria del gobierno de López Obrador es una política de derecha, de derecha antiliberal.

Veamos lo que no ven: es una política que no sólo es obediencia a Estados Unidos –a su política antiinmigración latinoamericana, que incluye a Trump y a Biden, que se retuerce entre el nativismo y el pragmatismo, entre la derecha extrema y el cálculo electoral-, también es una política que busca el orden por el orden, el orden contra los migrantes y a como dé lugar, que quiere conservar el status quo progringo y el status quo mexicano nacionalista, que no reconoce realmente y menos garantiza derechos, y que recurre a la violencia, a veces con pretextos legalistas (como parte de la derecha antiinmigrante gringa que dice retóricamente rechazar a los migrantes centroamericanos sólo por ser ilegales cuando de hecho los rechaza por ser centroamericanos; lo que quieren no es que migren legalmente sino que no migren, sin más, y no lleguen a ser, precisamente, migrantes legales). Esa política es la que defienden los obradoristas. Eso que el peor sector del PAN, como al que pertenecía el hoy pejista Manuel Espino, continuaría con gusto.

No es Garduño y ya… El Problema no es Francisco Garduño, el director del Instituto Nacional de Migración. El Problema es la política migratoria. Ésta requiere un Garduño. Por eso había renunciado rápidamente al INAMI el académico serio Tonatiuh Guillén. La política no fue creada por el director del Instituto sino que el presidente López Obrador dio a la política un director del INAMI como el que necesita su ejecución. Garduño es el tipo de operador que puede cumplir el tipo de política: hombre de estilo militarizado, insensible a los derechos humanos, de perspectiva carcelaria, orgulloso de la mano dura, y nacionalista. Garduño no inventó la esencia, ni nadie se volvió loco de repente, es un perfil que corresponde a la política que sigue. Él cumple. Esto no significa que el director del INAMI no tenga responsabilidad. Quiere decir que no es el único ni, en un sentido, el máximo responsable. Y por lo mismo, si se castigara de algún modo a Garduño, no se cubriría toda responsabilidad ni se habría resuelto el problema. Se debería castigarlo a él y a otros, de lo penal a lo administrativo y político-simbólico. Y se debería cambiar de política migratoria.

La política fue decidida y establecida internamente por el presidente López Obrador, en obediencia interesada a Estados Unidos porque no sólo tiene que guardar relación sino porque a) no quiere ni puede pelear con ellos por todo, b) se dobló en general ante Trump, lo que marcó una senda y c) no le importan los migrantes salvo como tema de discurso. Dada esa política y la ejecución de Garduño, el resto del personal migratorio se comporta como se comporta: siguen las líneas, los ejemplos, aprenden a separar lo retórico de lo práctico y actúan en consecuencia. Hay cientos de denuncias contra esos funcionarios y hasta la CNDH obradorizada ha tenido que emitir recomendaciones contra el INAMI. Es el mal trato –una cosa llamada desigualdad de trato y su familia práctica están implicadas en la tragedia de Ciudad Juárez, mientras algunos críticos de hoy se burlan ignorantemente de “la desigualdología”-, es el maltrato en todas su posibles acepciones. Y esa forma de tratar a los migrantes no es excepcional. Los funcionarios migratorios que están debajo de Garduño no están desobedeciendo ni contradiciendo nada, están extendiendo lo que es norma real de su ámbito. Así que hay que repetirlo: la política migratoria ordenada por AMLO es impedir que los migrantes centroamericanos (y otros) lleguen a Estados Unidos y tratarlos con la dureza necesaria (no declarada en papeles llenos de palabrería y eufemismos suavizantes) para que esos migrantes entiendan que deben dejar de intentar. Nunca entenderán eso, es decir, ceteris paribus, nuca dejarán de intentar, porque entienden sensorialmente lo que es inevitable para ellos en sus países de origen. Eso que no se resuelve con programas superficiales y clientelistas. Todos los factores referidos, todos convergentes, terminan provocando incendios como el que vimos.

Así llegamos a la respuesta a la pregunta de si fue el Estado. Sí, sí fue. Sobre el caso Ayotzinapa, los pejistas gritaban que fue el Estado para decir que fue el presidente, para atacar al enemigo de entonces, como harán ahora algunos antipejistas. Los fanáticos y colaboradores de AMLO se parecen tanto a lo(s) que criticaban… Peña no ordenó el asesinato de los 43 y hoy derivo que lo que hizo –y terminó costándole tanto- fue proteger a los militares, ese ejército que aman ya los obradoristas. Fue el Estado en el sentido de que unas partes del mismo decidieron e intervinieron directamente en el crimen. Desde luego, el Estado fue y es el responsable general de la descomposición ambiental o contextual que codeterminó la posibilidad de la desaparición y el asesinato de los estudiantes. Fue el Estado visto desde esas perspectivas, no en el sentido más estricto y simultáneamente más abarcador, el que se puede verificar en el Estado totalitario precisamente por serlo, ni en el sentido de decisión del jefe de Estado o el de una mayoría burocrática del Estado contribuyendo conscientemente a una política de ese Estado como tal. Como tantas veces, el obradorismo es víctima argumentativa de su propia lengua larga del pasado.

El caso de los migrantes quemados es distinto de Ayotzinapa. En el caso actual, la muerte de las personas es consecuencia directa de una política oficial del Estado decidida/aceptada y establecida/formalizada por su jefe, el presidente López Obrador, literalmente el jefe de Estado. La muerte de los normalistas ocurrió en territorio físico local, como todo territorio físico lo es al final del día, pero también en territorio burocrático local, excepción hecha en relación con personal militar. En cambio, la muerte de los migrantes sucedió en territorio físico local pero en territorio burocrático federal, una estación del Instituto Nacional de Migración, dependencia del gobierno federal y por tanto agente y representante del poder Ejecutivo cuyo titular es el jefe del Estado mexicano. López Obrador no ordenó el incendio pero sí la política migratoria bajo la que ocurrió y sin la cual no se entiende. El presidente de México en funciones aceptó la idea y pidió a la administración pública federal que surgiera de ella misma el freno físico a la migración no deseada por su contraparte gringa, que fuera el carcelero extraterritorial de Estados Unidos, y que Francisco Garduño y sus dependientes realizaran la dureza/el maltrato que desincentivara dicha migración. Esa dureza, ese mal trato, formó una indiferencia rutinaria y cruel y ésta llevó a la más cruel decisión de dejar encerradas a decenas de personas a sabiendas de que un incendio las rodeaba. Fue el Estado. El sentido más estricto de esa expresión polisémica se acerca más al caso de los migrantes muertos que al de los 43. Eso no quita gravedad, ni implica defensa de nadie ni nada. Quiere decir que el peje por la boca muere. Fue el Estado en el mismo sentido que lo fue en Ayotzinapa, o en el caso de la guardería ABC, y fue el Estado en el sentido de que fue directamente parte del gobierno principal del país y del Estado jefaturado por el mismo jefe de ese gobierno. Fue con un Estado militarizado y derechizado. El presidente López Obrador es uno de los (i)responsables.

Peña no dijo “asesinen estudiantes”, Calderón no dijo “asesinen bebés”, AMLO no dijo “asesinen migrantes”. Y sin embargo, los tres tuvieron y tienen responsabilidades. Se puede decir que son en cierta forma y grado corresponsables de lo que en su momento no sucedió –y habría evitado o minimizado riesgos- y de lo que efectivamente sucedió. Quienes me han leído en Etcétera saben que Calderón no es “santo de mi devoción”; lo saben todos los que me hayan leído excepto los pejistas que no leen o no pueden entender nada; por eso digo tan objetivamente como es posible que López Obrador, sin tener la culpa directa única y total, tiene más responsabilidad en el caso de los migrantes que el panista en el de ABC. Supongo que sobre eso Arturo Zaldívar dirá algo congruente y demoledor…

Extra. En octubre de 2019 el obradorista Garduño dio un “aviso para toda la migración transcontinental, de que así sean de Marte los vamos a mandar hasta la India, hasta Camerún, hasta el África”. En enero de 1939, un tal Hitler “comentó al ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Beck, su deseo de asentar a los judíos en un territorio lejano, añadiendo que si los poderes occidentales se lo hubiesen permitido, habría puesto a disposición de los hebreos una colonia africana” (La villa, el lago, la reunión, RBA, 2001, p. 37). Es una cita del libro del historiador Mark Roseman sobre la conferencia de Wannsee en la que se planeó “la solución final” contra los judíos. Como se ve, los nazis pasaron de ser prejuiciosos a maltratar a los judíos, de querer expulsarlos de Alemania a querer “reservarlos” en África y de ahí a matarlos en masa. Los fanáticos de nuestro señor presidente, ignorantes y atrevidos como son, presumen su nacionalismo y le gritan “facho” a cualquiera, pero por eso mismo no saben que el nacionalismo es una vía rápida y segura hacia el fascismo. De hecho, el nacionalismo es necesario para que exista el fascismo. No soy como ellos y no digo que sean fascistas o lo mismo que los nazis, digo lo que es cierto: los nacionalistas son los que pueden transformarse fácilmente en fascistas, todos los fascistas son nacionalistas, y el nazismo es un tipo de fascismo, no su única forma. ¡Cuidado con la política migratoria trumpiana-amloísta!

JOSÉ RAMÓN LÓPEZ RUBÍ CALDERÓN
Politólogo, editor y consultor.

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