jueves, febrero 22, 2024

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Salvar los libros

El 5 de abril, en el marco del 15º. Gran Remate de Libros y Películas, Claudia Sheinbaum se comprometió a impulsar una iniciativa para impedir que las editoriales destruyan los libros a los que no asignan futuro. La propuesta no puede pasar inadvertida.

Desde hace años, la Brigada para Leer en Libertad, impulsada por Paloma Saiz Tejero y Paco Ignacio II, rescata miles de libros condenados a la guillotina. Sheinbaum se ha propuesto dar un marco legal a lo que hasta ahora ha sido una tarea de voluntarios.

¿Tiene sentido editar para destruir? Los títulos que no son bestsellers pueden encontrar otro destino en una escuela, una biblioteca, un lector que lo obtenga con descuento. Una vez impreso, ¿para qué aniquilarlo?

La barbarie ocurre en los más diversos países y su justificación es la siguiente: los editores necesitan espacio en sus bodegas y no pueden dejar que las obras que pretendían vender se consigan gratis o más baratas. Este criterio crematístico olvida que un libro no es un producto cualquiera; contiene el alma de una persona, las palabras de la tribu o, incluso, una revelación divina.

“Donde se queman libros, se acaban quemando personas”, dijo Heinrich Heine. Los nazis anunciaron el alcance de su oprobio con la hoguera que consumió la inteligencia en una plaza de Berlín. No muy distinto es que las obras se destruyan por razones monetarias.

De pronto, un autor recibe una carta que habla de su libro en el tono en que una aerolínea habla del exceso de equipaje. Lo que queda del tiraje será aniquilado y él puede comprarlo con descuento. Sin embargo, quienes venden poco rara vez tienen dinero para comprar los saldos. Así, los productos de la imaginación pasan al rastro.

El problema se agravó con los consorcios que se apoderaron de pequeñas editoriales. Durante siglos, los editores eran personas que perdían la vista ante los manuscritos y consideraban que el catálogo era su autobiografía. Triturar un título equivalía para ellos a donar un riñón. Ahora la “mano invisible” del mercado toma decisiones “impersonales”.

Cada año, los clásicos venden pocos ejemplares. Su sello de distinción es que lo hacen desde hace siglos. Por suerte, ganaron prestigio antes de que se usaran algoritmos, pues hoy serían rechazados por ellos.

El rasero para los vivos es distinto. Una joven autora puede haber vendido más ejemplares que Kafka en 2022, pero el sistema operativo le exige otro rendimiento.

En el Festival Hay de Cartagena de Indias tuve oportunidad de hablar con un editor latinoamericano que padece las exigencias de sus jefes europeos. Al asumir su cargo, se enteró de que disponía de tres meses para diagnosticar cuál sería la “vida útil” de cada libro. Argumentó que en América Latina el destino es más indeciso que en Alemania y logró que le concedieran un plazo de gracia de un año. Aunque ganó una prórroga, cada título es un condenado a muerte.

Cuando Vicente Leñero recibió la carta de defunción de uno de sus libros, escribió la columna “Guillotina para los libros”. En un lenguaje de médico forense, le comunicaban que “podría comprar los ejemplares que quisiera -en un plazo no mayor de diez días y con un fabuloso descuento del diez por ciento- antes de que la editorial los sometiera a una implacable operación de ‘destrucción’”. Naturalmente, Leñero pensó que si su libro hubiera estado mejor distribuido y publicitado no hubiera corrido esa suerte. Sin embargo, en vez de buscar una solución para un fracaso compartido, el rescate debía venir del “responsable del delito”.

La dinámica de los grandes grupos se basa en un despropósito: el corporativo que publica 600 títulos al año sabe que menos de 50 tendrán verdadero éxito; la oferta de conjunto es necesaria para que surjan sobrevivientes. La mayor parte del catálogo no es otra cosa que un desperdicio. En esa guerra, muchos mueren para que pocos triunfen.

Después de recibir la carta fatal, Leñero fue a la calle de Donceles y encontró un libro suyo en una librería de viejo: “Ahí estaba, flamante, quietecito, vivo. Me temblaba la mano cuando lo alcé lentamente y lo oprimí contra mi pecho como quien apapacha a una hija. Se me escapó una lágrima. Por supuesto lo compré: me costó treinta y cinco pesos”.

La iniciativa de Claudia Sheinbaum tiene una importancia crucial. Lo que está en juego no es salvar mercancías, sino hechos culturales: seres vivos.

Juan Villoro

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