Cuatro años, la sociedad civil y la incertidumbre política

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Vivimos momentos interesantes en México: puede haber cambios profundos o una frustración de grandes proporciones. La clase media tiene la voz, la palabra y el impulso.

No podemos negar que el triunfo electoral de Morena, que llevó a López Obrador al poder presidencial, tuvo a su favor varias circunstancias que hoy marcan las pautas de lo que puede suceder en los próximos meses y de cara al año 2024.

Es cierto que el actual presidente contó en 2018 con el apoyo entusiasta y activo de amplios sectores de la clase media, de esa clase media con estudios universitarios y que, por lo mismo, ha contado con mayor o menor información sobre los aconteceres políticos del país.Es un conjunto heterogéneo de personas y grupos que mantienen diversas posturas respecto de temas cruciales como la paridad política, la libertad ante el aborto, la distribución de la riqueza, los alcances morales del respeto al Estado de Derecho, el contenido y apicación de los Derechos Humanos, sobre la defensa de la libertad de expresión, la tolerancia ante los intolerantes, las posibilidades colectivas de ascenso social y económico. No puede ser un grupo homogéneo porque adopta como punto de partida el libre e individual –a veces muy individual– derecho a tener creencias y opiniones propias. Es el sector poblacional que experimenta y respira la prerrogativa de ser y sentirse diferente. Para este sector el libre comercio y la globalización forman parte de su cotidianidad, propugnando –al parecer– por mayores niveles de consumo de bienes y servicios. En general, se trata de personas y grupos que se mantienen distantes de las organizaciones políticas, aunque suelen simpatizar por ideas progresistas, incluso si estas se despliegan al interior de las Iglesias. De una manera un tanto brusca, se puede afirmar que son las personas, los grupos y los sectores para quienes la democracia tiene sentido y razón de ser.

De manera paralela, fue patente el apoyo en las elecciones de 2018 de grupos de interés que se sintieron agraviados por el alcance de las reformas estructurales que impulsó el gobierno de Enrique Peña Nieto, aunque también les incordió algunas medidas de las administraciones de Vicente Fox y de Felipe Calderón. Son aquellos empresarios que no comprendieron ni aceptaron la participación de la pequeña y mediana empresa, que no entendieron el sentido de la pluralidad ideológica, social y cultural que se ha venido dibujando en todo el país y que las tres anteriores administraciones reconocieron y fomentaron. No se trata aquí de decir que todo lo hicieron esas administraciones lo hicieron bien. Hubo errores, corrupción y en muchos aspectos dosis de improvisación que tuvieron costos económicos. Lo que estoy señalando es que a pesar de sus errores y desviaciones, establecieron condiciones para el despliegue más intenso de la libre competencia en el comercio y la libre circulación de ideas y proyectos. Pero lo que unos ganan, otros pierden. Muchos de los grandes empresarios no estuvieron de acuerdo con las reformas en materia energética –y otras reformas– porque diezmaba sus múltiples negocios con el gobierno. Y en el otro extremo de la mesa de negociaciones, algunos grupos sindicales fueron perdiendo poder e influencia en la esfera gubernamental. En pocas palabras, sintieron que la concentración económica o política parecía diluirse; aunque en realidad solamente fue una apariencia que les ofuscó el entendimiento dado que les molestó la incipiente pluralidad que modificó en aquellos tiempos la dirección de las esferas públicas. Creyeron, no sin razón, que López Obrador sería –más allá de las proclamas– el restaurador de los privilegios de los grandes capitales y grupos de influencia.

Muchos de los que llevaron al poder a Morena creyeron vislumbrar un mejor futuro para ellos y sus familias. Un ejemplo notorio fue el gremio de artistas y gente del medio cultural. Pensaron y proclamaron que el gobierno de la 4T propiciaría y propulsaría el financiamiento de las actividades culturales y artísticas. ¿Cuál fue la base de su creencia? Solo su creencia, porque jamás vieron al actual presidente en alguna obra de teatro, comentando alguna película, y menos aún asistiendo a la ópera o espectáculo de danza. Solo fue una proyección de sus anhelos, una fantasía que muy pronto se topó con la realidad de un régimen al que solo le importa el mantenimiento del poder y la conservación, a todo trance, de la vida del grupo político que utiliza el erario exclusivamente en beneficio propio.

Pero solo los engañados se engañan. Los intelectuales y periodistas que promovieron la imagen –sí, la imagen– de López Obrador, difundieron ideas falsas, insostenibles, de que se trataba de un personaje de izquierda, progresista, tolerante, en suma, un buen candidato para sostener la democracia en el país. Creían que la palabra ‘transformación’ sería una realidad, porque pensaron que México requería “un cambio de rumbo”. Las presuntas virtudes que le atribuyeron a AMLO, al mismo tiempo ocultaron sus lados oscuros, y solo difundieron en los medios de comunicación, en las aulas universitarias y en los cafés y restaurantes que él era el mejor prospecto para el México del siglo XXI. ¿Qué dicen ahora? Para algunos vivir fuera de la nómina gubernamental es vivir en el error, por eso todavía hay muchos farsantes que no quieren cometer errores.

La embestida contra la ciencia, la cultura y las artes ha sido tan devastadora, como lo ha sido la destrucción de instituciones –en el sector salud es pavoroso el deterioro– y las constantes e incontables violaciones a la ley, porque para el populismo las normas legales y constitucionales solo cuentan cuando cuentan para su beneficio particular. Nadie en su sano juicio podría hoy decir que la 4T tiene un proyecto de país.

Gira el populismo en torno a una noción de ”el pueblo”, que en realidad se trata de masas. No hay líder sin masas, ni masas sin líder. López Obrador es líder. Pero esto no surgió con el gobierno actual. Quién fabricó la dependencia de las masas al gobierno fue Lázaro Cárdenas. Inventó una nación que no existe, convirtió a la gente “del pueblo” en agrupamientos sumisos para las plazas públicas y para llenar las urnas; siempre, siempre bajo el chantaje de entregar despensas de “frijol con gorgojo”, leche, tortillas, insumos para el campo, regalados o a precios muy bajos, porque el Estado utilizó –como utiliza la 4T– el subsidio y transferencias de dinero en efectivo para que las masas no se salgan del huacal.

Poco o nada va a cambiar en el futuro próximo y a mediano plazo si los que tuvieron la ilusión –interesada o no– de un gobierno “decente” –como decían mis familias–, de un gobierno eficiente –como demanda el progreso del país–, de un país con democracia plena –que hoy está seriamente amenazada–, con un gobierno plural y tolerante –inexistente en los pasados cuatro años–, no corrigen, rectifican y recobran sus valores ciudadanos. Además, el gran reto es vencer la indiferencia de los indiferentes que se abstienen de votar porque aducen “que nada va a cambiar” o que “solo ellos son los que mandan y no hay nada qué hacer”. No, la pasividad es pecado civil. Pecado imperdonable.

El momento social y el tiempo político que vivimos son muy importantes para lo que viene. La batalla es una lucha por una cultura que se empezó a fraguar con la alternancia del poder en el año 2000, y que no supimos defender porque muchos se ilusionaron con su ilusionista entonces favorito.

Walter Beller Taboada
walterbeller@gmail.com

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