Putin, ícono de populistas

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Los populistas, tanto los de supuesta izquierda como los de derecha, idolatran a Vladimir Putin. Bien conocida es la infatuación de Donald Trump con este personaje, pero mucho antes de la aparición política del magnate el ala más reaccionaria del Partido Republicano admiraba abiertamente al líder ruso. Casi todos los movimientos xenófobos europeos lo adoran: el Frente Nacional francés, Alternativa por Alemania, la Lega del demagogo Matteo Salvini, el UKIP británico, Vox, el húngaro Orban y los ultras de todo el viejo continente. Parecen fascinados por la imagen que proyecta y cultiva Putin de líder enérgico, viril y tradicionalista (la notable excepción son los nacionalistas polacos, por históricas razones). Pero lo mismo sucede con Syriza en Grecia, una parte del Movimiento Cinco Estrellas italiano, el francés Melenchon y por supuesto, sátrapas latinoamericanos como Chávez, Maduro, Ortega, Bolsonaro y los peronistas del ala kirchnerista.

AP Photo/Evan Vucci

El culto mundial a Putin existe a pesar de que el señor es frío y poco carismático. Sus biógrafos dicen que siempre ha tenido dificultades para relacionarse con la gente, hacer amigos y expresarse en público. Él mismo reconoce que prefiere tratar los asuntos del gobierno cara a cara, donde su mirada gélida y sus modos de macho intimidan al interlocutor. Su ascenso al poder no fue consecuencia de una revolución, ni es el caso de un ardiente populista que se haya impuesto a base de una arrolladora personalidad. Su ascenso, meteórico, fue tras bambalinas. Tras la desaparición de la URSS, Putin entró en política de la mano de Anatoly Sobchak, alcalde de su natal San Petersburgo. Cuando su protector perdió la alcaldía, en 1996, se marchó a trabajar a Moscú en el gobierno nacional. Trabajador incansable y tenaz, Yeltsin no tardó en valorar su manera eficaz de resolver problemas, y en 1997 le ascendió a vicejefe del gabinete presidencial, sólo un año más tarde a jefe del FSB (organismo sucesor del KGB) y en 1999 a primer ministro.

No habían pasado ni 10 días de su nombramiento como jefe de gobierno cuando Putin lanzó la segunda guerra chechena, lo cual le otorgó el papel que anhelaba; un tipo duro que no se anda con rodeos. El 31 de diciembre de 2000, Yeltsin dimitió inesperadamente y el hasta entonces primer ministro se convirtió en presidente. Puso orden en un país a la deriva. Mucho ayudaron para ello los elevados precios del petróleo, principal producto de exportación nacional. La economía se estabilizó mientras que la política interna empezó a endurecerse y en la política externa Rusia abandonó su condescendencia a Occidente. Putin también reemplazó a los oligarcas creados por Yelstin con una nueva élite más próxima a sus intereses. Con Chechenia de fondo y aplastando atentados terroristas demostró que lo suyo de ninguna manera es eso de negociar. A partir del comienzo de su segundo cuatrienio (2004-08) el dominio de Putin ha estado marcado por un autoritarismo cada vez más palmario, asesinatos de adversarios políticos como la periodista Anna Politkovskaya y el espía Aleksandr Litvinenko y el disidente Boris Nemtsov; crecientes violaciones a los derechos humanos y el constante acoso a partidos, líderes y organizaciones de oposición, como el encarcelamiento de Alexander Navaltny .

Pero no todo han sido guerras y asesinatos. Putin ha logrado convertirse en la personificación del “hombre fuerte” porque ha tenido éxito en proyectar la imagen viril de alguien que a diario se ejercita intensamente, levanta pesas, ostenta cinturón negro en judo, corre a campo traviesa y monta a caballo con el torso desnudo. Igual acaricia tigres siberianos que viaja en una Harley Davidson, nada en las frías aguas del río Obi que bucea en el Mar Negro. Abundan las mercancías y souvenirs con la imagen del jefazo del Kremlin. Las camisetas son, quizá, el producto estrella. Hay algunas verdaderamente adorables: Putin piloteando un avión supersónico, Putin cabalgando un oso en Siberia a pecho descubierto, Putin judoka pateando al ex presidente Obama o Putin cazando tigres. Además, hay tazas, fundas para celular, tazas, fragancias para hombre, llaveros, etc.

Tras prestarle la presidencia a Medvedev cuatro años (2008-12), Putin enfrentó crisis económica y creciente descontento. Apeló a la carta del nacionalismo. Su decisió de “asegurar” las regiones de Abjazia y Osetia del Sur en Georgia, anexar Crimea e intervenir en las regiones con mayoría rusa en el este de Ucrania dio un lustre imperialista a su régimen y devolvió el orgullo a la población. Ahora lleva su añoranza imperialista al extremo de invadir Ucrania y poner al mundo en el umbral de una tercera guerra mundial. Asimismo, afirmó sus credenciales como político conservador al presentarse como defensor inexorable de valores tradicionales como la religión y la familia. Como hace tiempo que las cuentas alegres de la economía desaparecieron, s´ólo le queda explotar la carta del orgullo Imperial.

Pero los populistas de los cinco continentes (todos ellos, sin excepción, en el fondo profundamente conservadores) mucho valoran también en Putin que es un dirigente a la antigüita, alérgico al cosmopolitanismo, a la democracia, a las innovaciones y a casi todo lo que huela a siglo XXI (eso sí, ama a los hackers de internet). Es el pretendido campeón de los intereses de la gente común frente a las elites “globalistas” y adalid de los “valores tradicionales”, concepto “paraguas” que en realidad engloba las conocidas actitudes machistas de Putin hacia las mujeres, la virulencia de sus campañas antigay y el vínculo caudillista que mantiene con el pueblo, pero también su desprecio hacia los límites y controles al poder y a las libertades individuales. Ahora, el presidente ruso endurece su viaje al pasado con la reivindicación de la guerra como forma de resolver las controversias internacionales, sin medir las consecuencias de sus actos en un mundo donde el “poder fuerte” de las armas cede cada vez más terreno ante las nuevas formas de la competencia de las naciones. Me refiero, sobre todo, al llamado “poder blando”, la habilidad para incrementar la influencia de un Estado evitando el uso de la fuerza y mediante medios más sutiles como la exportación de la cultura, los valores, el modelo social, la penetración económica y la capacidad solidaria de una potencia ante las desgracias de otras naciones.

Pedro Arturo Aguirre

pedro.arturo@icloud.com

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